Era el cumpleaños de mi pololo y dentro de una semana íbamos a cumplir 3 años de pololeo, por lo que quise hacerle un regalo especial y que recordara…
Así que llame a sus amigos y organicé una fiesta sorpresa. Me puse en contacto con el jefe de contenidos de Suka ubicado en el casino Monticello, y le conseguí a todos los invitados acceso gratis al club. Llegó el día y como los motivos para celebrar sobraban, fui la primera en estar en la pista de baile exteriorizando esas ganas de hacer de esa noche un cumpleaños para recordar. Dentro de toda esa euforia saqué muchas fotos y en ese mismo instante las subí a Facebook.
A la semana siguiente tuve una discusión desagradable con un amigo de mi pololo, quien había reprochado y “repudiado” mi conducta de aquella noche. La mayoría de sus comentarios, contenían palabras sumamente peyorativas para referirse a mi persona. Sin embargo basándome en hechos concretos, no hice nada más que bailar y acompañar a mi pololo con algunos vasos de alcohol.
Con mucho malestar, sobre todo tristeza, hable con mi hermana y le conté sobre lo ocurrido. Cuando estaba a la mitad de la historia al verme tan afligida se acerca mi padre y con todas las intenciones de ayudar me da su opinión. Me llamó la atención que su primera frase antes de empezar a explayarse haya sido “de los errores se aprende”, y después agregó: Vi tus fotos y bailar con un vaso en la mano no es precisamente la conducta que se espera de una “señorita” más aún si está pololiando. Hija recuerda: La mujer del César no sólo tiene que serlo sino que también parecerlo”.
¿Parecer qué? ¿Qué es exactamente lo que tengo que hacer para ser digna de la mujer del César? Esta conversación con un alto contenido sexista me llevo a reflexionar que en las relaciones donde me veo involucrada se encuentra presente aquella “sobrevaloración del hombre y subvaloración de la mujer”. Se puede interpretar como una lucha de poder en la que cada uno trata de imponer su supremacía y ahí es el hombre el que tiene el poder y la dominación.
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