26 de abril de 2016

Triángulos.

Puede que sea algo tarde para expresarme, pero lo siento necesario. En este último tiempo he visto y presenciado demasiadas experiencias sexistas, y cuando digo demasiadas quedo corto. 
Es cosa de todos los días, mis padres están en contra de que mi hermana juegue una liga de fútbol al arco porque es algo muy "poco femenino", ellos creen que el fútbol es cosa de hombres. O está mi cuñado diciendo "no deben vivir muchas mujeres en una casa porque dan lugar a peleas sin sentido". O encuentro a mi polola diciendo que la naturaleza de la mujer es ser "cínica" -entendiendo el término como "hacerse la tonta"- porque actúa como si nada ha pasado cuando las peleas con otras mujeres son notorias. O me encuentro con los maestros de la construcción piropeando a mujeres desde lo alto de los edificios. En la misma universidad la importancia que se le da a la palabra "hombre" como centro de la episteme, recalco "hombre", no es utilizado el concepto de "ser humano".
Las experiencias sexistas son algo que colapsan en este momento mi día a día y que antes no era capaz de visualizar de la manera en que lo hago ahora. 
Sin embargo hay un suceso que se destacó por sobre todos los demás. Es algo que, realmente creo, es un sin sentido y cuelga de la cuerda floja de la imbecilidad. (Y cae de ella) 
Mi madre se querelló en contra de la amante de mi papá, sí tiene una amante, pero la razón por la que mi madre optó por esta medida algo que rebasa la normalidad y, como diría Durkheim, está más cerca de lo patológico.
Partamos por donde se debe. Mi mamá si admite a mi papá en la casa, esto de la amante ya pasó hace años así que ellos dos son como amigos. El problema empieza cuando mi papá se queda a dormir en mi casa, -aún no tengo claro si serán inseguridades del ser humano o simple morbosidad- la mujer con la que convive mi papá en vez de decirle a él lo que le molestaba no encontró nada mejor que irse en picada en contra de mi mamá -¿por qué? aún no lo entiendo ni creo lograr entender- diciéndole barbaridades como "vieja cancerosa" y cosas por el estilo, mi madre es una mujer fuerte que prácticamente nos ha criado sola, pero aun así no es una superheroína, es un ser humano, y hay cosas que le molestan -utilizo el término "molestan" porque no la hieren viniendo de alguien que no le interesa- pero cuando ya se llega tan bajo de mandar un video porno casero con mi papá y su conviviente como protagonistas hay que tomar alguna medida -aclaro, antes de cualquier otra cosa, que yo sé esto solo de "sapo" y que mi mamá no me involucró en ningún sentido-. Bueno mi mamá se querelló. Pero esto no es lo grave, lo que raya en la imbecilidad y pende de un hilo que me hace dudar de que el ser humano sea razonable es en lo que terminó la querella. Primero, la conviviente de mi papá lo mandó a él en representación. Y segundo, uno de los argumentos utilizados para desestimar la querella fue que era una pelea entre mujeres despechadas en la que cualquier cosa podía ocurrir.

¡Y LA QUERELLA SE DESESTIMO! algo que sea más estúpido que esto no he podido concebir.

                                                                                                     Ivar el Deshuesado.

21 de abril de 2016

Maldita rutina

Como día viernes me preparaba para salir a carretear ni mayores novedades, me iba a juntar con una amiga a la que no veía desde hace mucho tiempo,  una mujer con arto carácter anti machismo generalmente súper empoderada en su feminidad.

 Después de estar compartiendo un rato y actualizarnos sobre los hechos cercanos que habían ocurrido hablando de cercanos y el entorno, le empecé a comentar sobre esta modalidad de blog que nos pedían hacer en el ramo de estratificación y desigualdad II, a ella le llamo mucho la atención y me empezó a contar una historia que le había ocurrido que me resulto súper impactante y llamativa.

Intentare ser lo más preciso que pueda, teniendo en cuenta que nos encontrábamos en una fiesta y con un grado de lucidez reducida.

Lo que ella me contó fue lo siguiente:
Era un día de abril más o menos a mitad de la tarde.
 Yo iba a la casa de una compañera con la cual me había quedado de juntar. El metro generalmente está lleno, y sobre todo en las combinaciones, mucha gente se baja del vagón y mucha se sube. La cuestión es que yo ya había hecho la combinación hacia los dominicos, cuando en compañía de una masa de gente caminando en dirección contraria a la mía, pasa un tipo y me toca el muslo y luego el trasero, digo me “TOCA” porque puso su mano en tal posición, para poder “rozarme” sin que yo pudiese saber con seguridad que me había tocado con tal intensión. No alcance a hacer nada, íbamos en direcciones contrarias, el se fue caminando con la masa sin embargo yo tengo la certeza de que él me toco con mucha intensión. Sentí impotencia, rabia y pena. Impotencia por no poder hacer nada, por no defenderme, por no poder golpearlo o encararlo (pienso en ¿qué hubiese hecho si lo hubiese podido encarar? yo sola peleando con una persona que lo negara hasta la muerte), Rabia porque un hombre toco mi cuerpo sin mi permiso y pena porque no  es la primera vez que me pasa y porque sé que no será la última vez.

Quizás lo más terrible no es que me haya pasado una vez, si no que desde niña (12 años) he vivido en carne propia el acoso sexual en la calle, sea verbalizado o físicamente, recuerdo que con 12 años ya me gritaban cosas relacionadas con mi trasero, mi vagina, o lo que fuese que les llamara más la atención, me han susurrado al oído cosas que ni siquiera me gustaría recordar, de la mano con mi mama nos han molestado a las dos, me han seguido con vehículo mientras camino, entre otras cosas más que tienen que ver con lo mismo. 


Después de que mi amiga me contó esto yo quede súper pensativo , al otro día me desperté medio mareado y deshidratado pero aun recordaba lo que me había contado la flaca ayer ,  me dio rabia y impotencia la actitud de ciertos hombres descriteriados  que sin importar edad y condición acosan a las mujeres , me puse a pensar que quizá mi mamá y mis hermanas cuantas veces tuvieron que pasar por una situación similar, teniendo que aguantarse y morderse la lengua ante este tipo de hechos  , que al fin y al cabo lo único que generar es que se les encasille a todos los hombres bajo esa sombría y obsena imagen.

La culpa es de tu carácter



Hace algunos años, mantuve una relación con un hombre que era fotógrafo. Todo iba bien entre nosotros, hasta que fuimos a una fiesta juntos... En esa fiesta bebimos alcohol, reímos, cantamos karaoke junto amigos y colegas de él.
Se acercó un hombre un poco mayor que yo ( tenía aproximadamente unos 32 años) , a pedirme fuego para encender su cigarro. Al cabo de un rato ,nos pusimos a conversar acerca de la vida, él fue y me trajo una cerveza , mientras mi pololo de ese entonces ,me miraba atentamente. En ningún momento supuse su molestia, hasta que amablemente delante del hombre con el cual yo hablaba, me invitó a salir de la fiesta.

Comencé a caminar detrás de él, de alguna manera me había hecho notar su malestar y me preocupé.
Llegamos a la calle, le pregunté que sucedía. Él no me respondió solo me miraba... su mirada era de enojo, luego ya no parecía enojo , era algo más que eso.  En un momento me cansé de preguntar que era lo que sucedía y perdí mi paciencia, le dije que entraría a la fiesta y que mejor, habláramos cuando se le pasara su " enojo" ( hasta el momento no sabía bien cual era el motivo).

Caminé hasta la puerta para ingresar , cuando me tomó muy fuerte del brazo y me lanzó hacia un rincón. Comenzó a pedirme explicaciones sobre el porqué conversé tanto tiempo con el hombre de la fiesta. Yo me encontraba muy sorprendida por su actitud e intenté irme , en ese intento,  me agarró nuevamente fuerte del brazo, devolviéndome al lugar donde estaba.  Me asusté mucho, él por supuesto lo notó y comenzó a gritar.  Una de las personas de la fiesta comenzó a separarlo de mi, pero el seguía tomándome del brazo y moviéndome de lado a lado. Todo parecía salir de control, una de las personas llamó a carabineros, mientras yo no paraba de llorar. Lograron apartarlo de mi, pero él insistía en acercase.
Llegó carabineros. Luego de que fue explicada la situación, nos pidieron que subiéramos a la patrulla.  Yo adelante , el atrás.  Nos llevaron a un Centro Asistencial, para constatar lesiones.
Nuevamente nos pidieron subir a la patrulla, esta vez íbamos a la comisaría. En el entre tanto, estaba su mamá desesperada llamándome, ya que un amigo de él le avisó. Cuando terminó todo el papeleo (declaración), él quedó detenido y yo debía retirarme de la Comisaría.
Estaba un poco desorientada con todo lo sucedido. Al salir, estaba su mamá llorando pidiéndome que le contara todo lo que había pasado. Me pidió disculpas en nombre de su hijo, se ofreció ir a dejarme a casa. Mientras íbamos camino a mi casa, justificaba el accionar de su hijo diciendo :" Él desde que era niño, ha tenido un carácter muy fuerte, por tanto, una niña como tú no le viene bien... él necesita una polola que no sea tan confrontacional, mas que mal , no podemos negar que tu tienes un carácter bastante fuerte"," Lamento decirte que mi hijo no podrá estar contigo, no debiste permitir que estuviera detenido, tu sabes, los hombres se enojan y una - que es más inteligente - no debe pescar, ¿ para que llevar las cosas a esos extremos? agachar las orejas no le viene mal a nadie",
" No le cuentes a tu mamá ¿ para que la vas a preocupar?, de esto debes aprender, me extraña que mi hijo haya salido así de sus casillas... Es probable que algo le haya molestado bastante para reaccionar así ".
Finalmente, todo terminó en una orden de alejamiento de 6 meses y en el fin de nuestra relación.


                                                                               Mata Hari

La niña al consumo

Si bien existen prototipos de una estética de belleza, que van cambiando con el pasar del tiempo, no están exentas de la influencia de los arquetipos de la presentación del género, a modo de ejercer una cierta dominación de los patrones de género conservadores. Las tiendas de ropa constantemente producen y reproducen esquemas de bellezas, que condicen con la representación del cómo debe vestirse una mujer y un hombre, incluyendo sus distintas etapas de la vida, con la intensión de influenciar no tan sólo a modo superficial de cada persona (vestimenta), sino también adentrarse en la subjetividad de sus anhelos e identidad del individuo.

 Este martes fui al mall a acompañar a mi madrastra y mi hermanastra más pequeña, de la edad de 13 años, debido a que mi hermanastra necesitaba comprar ropa para el invierno, ya que, su vestimenta de invierno del año anterior ya no le era útil, había crecido lo necesario para que la mayoría de su ropa no le quedara pequeña.
Dentro de las tantas tiendas recorridas y el desfile de prendas probadas, logró escoger mi hermanastra por un par de prendas. Una de ellas era su preferida, que causaría el revuelo de su madre, era una chaqueta negra que calzaba perfectamente con su tamaño, medidas y, sobre todo, cómoda, pero lo que disonaba a los ojos de la madre era que la ropa estaba categorizada para hombres. Esto fue el comienzo de un pequeño conflicto, en que la hija quería a la chaqueta a toda costa pero su madre no deseaba comprársela, sólo por el hecho de decir que estaba diseñada para niños, por lo tanto, prefería comprar una parca celeste con flores, argumentando que ese estilo de ropa era para niñitas de su edad, siguiendo un arquetipo supuestamente femenino, pero su hija fiel a su idea, alegaba que eso no le interesaba ,ya que, lo único que le importaba era que les gustara a ella y se sintiera bien con lo que ella quería vestirse.
La pequeña confrontación termino, cuando la madre llego a un arreglo con su hija, gracias a la decisión de la madre de comprar ambas prendas, pero con la condición era que debía vestir la prenda que ella había elegido para ella, imponiendo la visión de que esa chaqueta correspondía para niñas y la hacía verse bonita para los demás, por sobre todo “atractiva”. Esta experiencia, refleja que el sexismo no solamente tiene deriva en la interacción entre distintos sexos (biológico), sino también se sociabiliza en las interacciones sociales cotidianas de la familia, en que involucra por ejemplo a la madre con sus hijas, donde la misma mujer ya instaurada en los esquemas conservadores de género, guiada por estándares incluso de consumo, intenta transmitirlos mediante su posición de “autoridad” en la familia ante sus hijos.
 

Quedar tirà





El fin de semana pasado, el día domingo durante la tarde fui al parque a juntarme con una amiga a pasar la tarde, conversar  de la vida (yiaa) y fumar algo. Cuando llegue note que había más de nuestros amigxs reunidos en el parque y mientras transcurría el corto tiempo nos llaman por teléfono más amigxs. Cuento corto, terminamos en el centro, en la casa de uno de nuestros amigxs cocinando pizza, compartiendo unas cervezas y planeando unas cuentas revoluciones en nuestra rígida cotidianidad. Como buena tertulia entre amigxs, la conversación se extendía y cada vez se hacía más tarde, pero es que cuando una comparte con gente tan bonita, ni ganas dan de ver la hora, mucho menos volver a la casa a organizar la bazofia semanal.
Como toda mujer nacida y crecida en Chile, ya sabía que la estaba cagando, sabía que tenía que irme temprano a casa, porque “las señoritas no andan solas hasta tarde” y como a todx  ciudadanx periféricx, me esperaba un viaje de una hora aproximadamente. Ante esta dificultad que vi en mi camino, me adelante y me puse de acuerdo con amigo, el cachulo, los dos tomamos micro hacia el mismo lado y además el me acompañaría hasta que él bajara y yo seguía hasta mi querida periferia.
Cuando llego la hora de partir, todxs caminamos hacia la Alameda, unxs iban hacia el poniente, otrxs  hacia el oriente, todxs comienzan a buscar sus paraderos y micros y ahí es cuando se me acerca el chachulo y me dice que se ira en otra micro que lo deja más cerca. Puta, dije yo en mi mente, es súper tarde, el medio pique, fijo me quedo dormida, fijo me roban, etc., me pase mil rollos por el puro hecho de sentirme indefensa por ser mujer y andar de noche en la calle,  injusto. Con toda mi angustia de shiquilla indefensa fui y le dije al cachulo, “erì súper chueco, cachulo”, pero con más penita que enojada, no era culpa del cachulo, él no era responsable de mí, ni culpable de la inseguridad a la que como mujer tengo que tener presente, para más remate, el cachulo solo me acompañaba un tramo muy corto de recorrido. Finalmente el cachulo me acompaño a tomar la micro inicial, los buenos amigos no fallan.
Y para poner el broche de oro, al momento de llegar a mi casa veo que mi mamá me esperaba despierta, cuando la saludo me mira y me dice: “¿porque vienes llegando a esta hora?, estas no son horas para que una señorita ande en la calle, menos un día domingo”. La miro, oigo, proceso y pienso: ¿la dura es tan difícil ser mujer loco? Estoy empezando a dudar seriamente que mi madre sea de esas personas a las que le llaman “machistas”.


Elba Lazo.

20 de abril de 2016

En los ojos de mi amiga

  
Hace unos meses, conversando con un grupo de compañeras de la universidad en una cafetería del Aulario, disfrutando de un hotcakes con snickers a las 4:30 de la tarde, conversaban de su experiencia en el curso de estratificación y desigualdad 2 (ramo que yo en ese momento no había cursado), y mientras lo hacían, trataba de medir mi nivel de machismo, y que tan de acuerdo estaba con su pensamiento más “feminista”  (diría yo en ese momento). Me sentí bastante cómodo a decir verdad cuando hacían la critica a los roles de género, de hecho porque en casa parecía funcionar casi al revés y no tenía ningún rollo con eso,  pero en un momento llegaron al tema del acoso callejero, y pensé  si habría actuado de esa manera o habría sido parte de un grupo con tales conducta, otra vez me sentí aliviado por creer no ser parte de aquel grupo de hombres que mis compañeras criticaban, pero por otra parte me di cuenta que esa situación había sido invisible durante toda mi vida y lo comenté,  todas se sorprendieron y me contaron sus dificultades en la calle, por la ropa que vestían, o situaciones incomodas en el metro o en la calle.   Martina (nombre ficticio) una de ellas me dio una oportunidad de mirar con sus ojos.
Así salimos a la calle yo y Martina, partimos desde el Aulario hasta la Alameda , la temperatura andaría por los 28 grados, iba advertido de los diferentes personajes que aparecerían por el camino, yo iba mirando las miradas de los hombres que venían en sentido contrario a nosotros. Martina, sin duda una chica guapa y en esa ocasión vestía un short de mezclilla y un polera blanca de pabilos, lo que sin duda llamaba la atención de más de alguno. No llevábamos ni media cuadra cuando entendí la diferencia entre mirar y mirar. Eran verdaderos barridos desde pies a cabeza con focalización, seguimos caminando, gente se volteaba después que pasaba y escuché hasta sonidos. Iba a una distancia bastante pertinente que nos presentaba como amigos claramente, y mientras pasábamos al metro a cargar el pase estudiantil, pensé en que pasaría si me acercara más y me presentara más como su pololo y le pregunté si podíamos ir poco más juntos para dar esa impresión, a lo que accedió. A esa altura ya pensaba en mi hermana, pobrecita que podría ser víctima de lo que recién había presenciado, ya saliendo del metro, se reinició la experiencia y aunque yo me hiciera el pololo de mi amiga, las miradas ( y digo miradas a hombres que bajaban su velocidad para “apreciar” la belleza de mi amiga) no cesaron, aunque en algunos casos se hicieron más disimuladas, pero lo que más me llamo la atención es que hubo hombres que miraban a Martina y luego a mí , y casi poniendo cara de disculpas por “estar mirándome a la mina” (eso me imaginaba que decían con su caras de arrepentimiento) .

 Ese día descubrí un mundo invisible hasta ese momento, y no es que yo no mire, pero hay formas y  otras formas que pueden incomodar al otro, y en este caso las mujeres creo que deben sufrir a diario este problema.

                                                                                                                Pepegrillo

El pelo largo y la hombria masculina



Con 18 años cumplidos y la enseñanza media completada decidí cumplir uno de mis anhelos más deseados dejarme crecer el pelo. Desde que tenía corta edad siempre admire el pelo largo y siempre lo quise llevar así, pero por distintas razones ya sea por la institución del colegio como también por imposición de mis padres nunca pude cumplir este deseo. Ya con mi mayoría de edad me sentía autónomo sobre mis decisiones personales y por ende procedí a llevar a cabo mi cometido.
A medida que pasaba el tiempo comencé a notar burlas por parte de mi padre por el excesivo cuidado que tenía con mi pelo incluso muchas veces mientras me aplicaba productos para el pelo me decía “ya se está arreglando mi niña “, por mi parte no me molestaba, tampoco me daba el tiempo de explicarle mi decisión pues conozco su personalidad y su tipo de humor. únicamente lo tomaba como una broma de confianza, pero de cierta forma me sentía avergonzado como si estuviera realizando algo incorrecto, pero este sentimiento me guiaba a continuar con mi decisión.        
Cuando mi cabello alcanzo el largo que deseaba muchas personas empezaron a cuestionar mi apariencia, recibí bastantes burlas por parte de amigos, pero en especial familiares hombres. Estos últimos sin duda en su momento fueron bastante duros con sus comentarios. En un principio intente dejar pasar comentarios como “el maricon de la familia “, “te hiciste mina”, “hombre moderno” “a las minas les gustan los hombres no hombres que parecen minas” etc. Con el pasar del tiempo note que en verdad me afectaban estos dichos no por el hecho de que fueran sexistas sino por el hecho de que me molestaba que opinaran de algo que no les incumbía en absoluto y también por el hecho de que ese tipo de actitud de una manera u otra estaba siendo inculcada los miembros más jóvenes de la familia quienes muchas veces me preguntaron porque usaba el pelo largo como niña.
 Me resultaba desagradable tener que compartir con gente que no respeta mi libertad propia, incluso más de una vez pensé en alejarme de las reuniones familiares para evitarme malos ratos. Por otra parte, dentro de mis reflexiones me asombro de igual manera que ninguna de las integrantes femeninas de la familia, ninguna amiga o mi propia madre cuestionaran mi genero por el hecho de que me dejara crecer el cabello, es más esta actitud me llevo a fijarme en la actitud que tenemos los hombres en específico de atacar conductas que a la interpretación no parecen ser las de un hombre , me di cuenta de que situaciones como las que me afectaban a mi muchas veces las había reproducido tanto con hombres y mujeres . Lo que me llevo a la conclusión que debía enmendar este tipo de actitud en el futuro.
En cuanto a la relación con mi familia manifesté mi desagrado en una ocasión lo que se tradujo en el cese de las hostilidades hacia mi persona.

Meursault....

El viejo cerdo y la abuela.

Era un día de verano hace unos cuantos años, salí de mi casa alrededor de las 3:00 de la tarde, por lo que me vestí como cualquier persona en verano, con menos ropa y más "destapada", quede de juntarme con unxs amigxs a tomar unas cervezas en el centro de Santiago. Luego de haber bebido un par de cervezas en un bar, conversando sobre la vida, fumando unos cigarros y otras cuantas cosas, nos fuimos, era relativamente tarde, tipo 22:00. En ese tiempo yo vivía en la "Villa Santa Adela", en la comuna de Cerrillos, me demoraba bastante en llegar desde el centro a ese lugar. Tome la micro en la moneda, justo me dejaba al inicio de la Villa. La mitad del camino me fui sentada sola, cuando ya llevaba un poco más de la mitad del trayecto, un señor se subió a la micro y me pidió permiso para sentarse a mi lado, yo le sonreí amablemente y le dije "por supuesto", yo estaba al lado del pasillo por lo que él se sentó hacia la ventana y me dio las gracias. Debe haber tenido unos 40 años o más, parecía que iba del trabajo a su casa y se veía un poco cansado, recuerdo que andaba con su maletín y todo. En el camino cruzamos un par de palabras, comentamos el clima, nada fuera de las típicas conversaciones banales de micro. Cuando llega el momento de bajar me despido del señor con simpatía, me había parecido muy agradable y gentil.  Ya abajo mire hacia la micro y veo que este señor que se sentó a mi lado, se estaba masturbando, me muestra su miembro y me grita "para uste' cosita". Lo único que pude hacer fue correr hacia la casa, estaba como en shock, sentía mucho asco, solo deseaba ducharme y sacarme esa sensación del cuerpo. Pensar que se había masturbado todo el camino, que mientras cruzábamos palabras quizás que estaba haciendo, quizás cuanto tiempo estuvo haciendo eso mientras se cubría con su bolso. Al llegar a la casa le conté lo sucedido a mi abuela, ella me dice "que tanto alegas si yo te digo que tú debes salir más tapa’"; "además una señorita no anda sola a esta hora y menos con olor a cerveza". Comencé a discutirle la situación, la impotencia era mucha al no poder hacer entender a una señora de 80 años que estas situaciones no eran culpa de como anduviese vestida, era absurdo seguir discutiendo, no llegaría a ningún acuerdo, formaba parte de otra generación que estaba permeada por actitudes machistas.
La Virgen María.

"La GRAN cita"


Desde que estoy pololeando, ya son casi dos años, nunca había notado lo sexista que son muchas de las interacciones que tenemos naturalizadas en nuestro pololeo. A esto me refiero: si bien tenemos entre los dos, un concepto, o mejor dicho, un modo de referirnos a estas situaciones, como una manifestación de  clara diferenciación de género, las cuales rechazamos, solemos aun así caer en lo que criticamos sin darnos cuenta que las reproducimos.
Por otro lado, cada vez que estoy con mi pololo, él o yo como forma de “ser tiernos”, solemos invitarnos a lo que queramos en ese momento (comer o tomar),  siendo él quien hace más invitaciones que yo, pero siempre el motivo de la invitación es buscar agradar al otro de esta forma. No obstante, a veces estas invitaciones no necesariamente se basan en algo relacionado a comida o bebestible, sino además buscamos el “ser tierno” en actividades que realizamos como pareja, como: ir al cine, salir a pasear, etc.

Sin embargo, cuando este hecho pasó al momento de recién conocernos, es decir, la primera cita, “la gran cita”. En el transcurso de la cita, existieron tres episodios bien definidos: (1) la ida al cine, (2) tomar helado, (3) despedida con ida a dejar a la casa. En la primera etapa de la cita, una vez que nos encontramos en el cine, él se encargó de agradar haciendo uso del recurso de “la invitación”, en mi mente pensaba: ¿qué hago?, ¿le digo que yo sola me puedo pagar?, ¿se enojará si le digo eso?, ¿lo tomará con disgusto?. Finalmente, no dije nada, simplemente acepté que lo hiciera, pensando aun así que debía actuar. En la segunda etapa, cuando íbamos a tomar helado, luego de haber ido al cine, él buscaba hacer lo mismo, pero ésta vez sí decidí actuar, no podía dejar que él pagara todo. Sin embargo, su reacción ante el hecho que yo decidiera invitarlo, fue de asombro, incluso  encontró extraño que quisiera hacerlo. Fue en ese momento en que le dije: que no tenía nada de malo aceptar que yo lo invitara, que no dejaría de ser menos atento y tampoco menos hombre o menos masculino. Finalmente, en la tercera etapa, cuando ya terminaba nuestra cita, él decidió ir a dejarme a mi casa. Cuando me dijo que me iría a dejar, mi respuesta fue: que no era necesario, que yo me podía ir sola, que mucha gracias. Pero él insistió, indicando que si  decidía irme a dejar, era porque se sentía mucho más seguro, porque ya era muy tarde, y una mujer sola a esa hora es aún más peligroso. De cierta forma, acepté lo que dijo,  sin cuestionarla, encontrándola incluso hasta tierna su forma de protección y caballerismo.
                                                                   Covajo.

Machismo en tiempos del cólera 

Mis padres tuvieron a su primera hija a los 21 años, aún estudiando, sin trabajo estable y sin estar casados en una sociedad a la cual le costaba aceptar esto. Mi hermana nació en el mes de Noviembre con muchos problemas y con muy pocas probabilidades de vida, esto fue muy duro de aceptar por la familia, supongo que todos en la misma situación se preguntan ¿Por qué a nosotros?, pero mi familia paterna fue aún más allá, buscaron culpables donde verdaderamente no los hay, culparon a mi madre “porque su familia era sana” así que era “por otro lado el problema”.
Finalmente mi hermana murió a fines de Enero, con tan sólo 3 meses de nacida, a mi padre lo obligaron a hacerse cargo de sus acciones y a formarse en una institución de las fuerzas armadas para obtener un trabajo estable, por lo cual muy poco logró estar con mi madre en esta difícil etapa y ella, tuvo que seguir aguantando que le echaran la culpa de algo que no hizo. Error o no, al mes siguiente mi madre se volvió a embarazar, algo muy poco “recomendado” y en lo que estoy de acuerdo. Se alejó de la familia de mi padre y tan sólo se “enteraron” de mi existencia el día que nací y obviamente me quisieron llevar con ellos, pero mi familia materna no lo permitió.
Mi padre nunca dijo nada, aunque si se fue a vivir con mi madre y se casaron cuando yo tenía 4 años y, al poco tiempo nació mi hermano.
Mi padre es un hombre machista pero como lo llamo yo, “algo evolucionado”, ya que se le ha ido un poco con los años y,  muy apegado a los deberes institucionalizados, tan así que cuando pequeña no me dejaba usar mochilas de otro color que no fuese ni negro o azul, nunca asistió a algún parto o control con la matrona con mi madre, ella siempre le tuvo que servir la comida o sino él simplemente no comía, debo aclarar que jamás ha habido violencia física pero sí bastante psicológica, él es una persona con el carácter demasiado fuerte y es difícil llevarle la contraria.

Cuando dicen que las mujeres crean a hombres machistas, lo cuestiono pero no le quito razón, mi padre es el único hombre entre 3 mujeres y siempre mantuvo sus privilegios, mi abuela como mujer “antigua” y “sureña” reprodujo el machismo en mi padre, que ve a su familia como una “propiedad”, que debemos obedecerlo en todo. Afortunadamente me dejó estudiar lo que quise y aunque después de dos años de carrera le dijeron lo que era la sociología y se espantó creyendo que terminaría colocando bombas en el metro, no hizo mayor prejuicio de esto y cada vez que puedo le hago ver lo machista que es. Lamentablemente no le he podido quitar la idea de que yo no puedo tener novio hasta que termine la universidad porque o sino puedo quedar embarazada y él no me ayudara en nada si es así, porque sin estudios no soy nadie, “no existo”.  Obviamente no le hecho caso en esto nunca, tengo novio y aunque él lo debe sospechar o más bien saber, prefiere “no enterarse”.
-Olimpia de Gouges

Sorpresas (-) en un trabajo de verano

En el verano trabajé de empaque en une de las tantes Preunic. Hablo de esto porque, me imagino, todes tienen las mismas lógicas de trabajo y un <tipo> prototipo de trabajadores, donde más de tres cuartos son mujeres, las cuales cumplen la función de atención y asesoramiento a clientes (que en su mayoría son “clientas”) sobre belleza, maquillaje, decoración de hogar, entre otros;  y los –pocos- hombres se ocupan de las labores de bodega.
Las mujeres trabajadoras eran –en su gran mayoría- muy preocupadas de su presentación (le cual engloba: vestimenta, maquillaje a tono, peinado, etc), tenían la idea arraigada del matrimonio (no sólo como fin económico, sino) como idea romántica de estar acompañadas –versus el mal llamado personaje de la “solterona”- y de formar familia. Todo esto me chocó un poco, ya que una está acostumbrada a conversar y compartir con mujeres y hombres más –y con esto no quiero decir <absolutamente>- conscientes de su posición, rol e historia –desigual- heredada. Bueno, fue sorpresa para mí conocer y constatar que ciertos tratos/formas aún perpetúan el sistema de género tradicional, pero más sorpresa fue el darme cuenta que el estar fuera de aquello también crea una separación y una burbuja.

Pasaron los días y comencé a establecer relaciones más próximas a mis compañeres, en donde –y con esto aumentó mi sorpresa- preguntaban el por qué yo no me “pintaba”, arreglaba, escuchaba otro tipo de música, etc. Fue ahí, que yo me comencé a sentir como una extraña, que no encajaba y que ya tampoco me interesaba encajar. Fue entre tanto, que una compañera me dijo: la “Cami” también llegó así, igual que tú, que no se quiere pintar, arreglar… y mírala ahora… pucha que se saca partido. A lo que yo respondí: que pena, que pena que pienses así… (y dije algo como) fíjate, date cuenta que todo lo que hablas y sueñas son puras tonteras que te dijeron, que te fueron transmitidas por todo el entorno donde te criaste –entorno que, por cierto, es profundamente desigual-. Para y mírate, cuestiona tu posición como mujer, no sólo como mujer en el trabajo (me hubiera gustado también haberle dicho “maternal”), sino que en tus actos cotidianos. Y Bueno, obviamente no le dije todo tan perfectillo como lo acabo de narrar, y también (i)lógicamente, ella no me pescó mucho y siguió viviendo su vida sin más. 
                                                                                                                                      Ana Lamien.

¿Eres mujer?


El año pasado, es decir el 2015, durante una tarde de invierno, yo me encontraba de visita en el hogar de mi pareja, se acercaba la noche así que tenía que volver a mi casa, por lo que mi pareja me acompaño hasta el paradero en el cuál tomo el bus que me deja cerca de mi casa.

Llegamos al paradero, y ella me acompañaría hasta que tomase el bus, y mientras duraba el transcurso de la espera, un niño que había llegado al paradero nos miraba con cara de incertidumbre a mí y a mi pareja.

De algún modo, me preguntaba si estaba así porque estábamos besándonos, ya que se veía con una expresión de buscar algo que le hiciese comprender lo que estaba viendo.

Este niño debió haber tenido más o menos 7 o 8 años, tenía un aspecto como niño que va en tercero básico en el colegio. Tenía su pelo muy corto, casi corte militar.

Con mi pareja entre la conversación nos despreocupamos de la vigilancia en-busca-de-comprensión que tenía el niño en su mirada, cuando abruptamente alzó su voz y pregunta en tono amable qué si yo era una mujer, debido a que tanto mi pareja como yo tenemos el pelo largo.

Consternado por la pregunta, me preguntaba a mí mismo en acto de entender, por qué el niño me preguntaba eso, nunca me había sentido más “femenino” por tener el pelo largo, para mí, dejarme crecer el pelo simboliza una especie de acto de “libertad”, a pesar de que tuve innumerables problemas por el tema de mi pelo cuando estaba terminando mi enseñanza media.

Entonces, le respondí al niño con otra pregunta, le cuestione el hecho de por qué él pensaba que yo era mujer. El niño me observaba tímidamente, se puso una mano sobre el bolsillo y una sobre la boca, quizá con la intensión de ocultarse un poco. Retraído y mirándome atentamente seguía sin responderme, hasta que oyó la autoritaria voz de su quizá hermano mayor y se subió al bus que estaban esperando.

En definitiva, el niño no me respondió y esto me dejo con muchas reflexiones respecto al lugar que tiene la disciplina y el cuerpo, para determinar ciertas construcciones de lo femenino y lo masculino, que a través del acto del moldeamiento de los cuerpos, como era el caso del niño y su corte militar, construyen su realidad con significados sin cuestionar, ya que, al moldear su cuerpo, pasan a moldear parte de las concepciones del sí mismo que tiene el niño, porque el cuerpo siempre estará relacionado con las concepciones del sí mismo que tengamos.

En conclusión, el niño asimilaba su condición de niño-hombre con la constitución de la estética de su cuerpo, en tanto, a que ser hombre significa poseer y llevar cabello corto, y por el lado contrario, ser mujer implicaba tener el cabello largo, lo que constituye un esencialismo en la concepción de realidad del niño, lo que provoca que ejecute esta práctica sexista.

- Érebos.

Memorias de un abuso de poder

            Mi papá provenía de una familia con una constitución de crianza tradicional de Santiago, era el menor de los cinco hijos que tuvieron mis abuelos, todos hombres, y por ende, se formó una crianza absolutamente para resaltar los cánones masculinos de virilidad según lo que relataba mi papá y mis tíos, dado que todos debían practicar deportes de mayor contacto físico y labores de trabajo, que en su época (y hasta ahora) eran (son) considerados de y para hombres, entre muchas otras labores. Mi madre por otro lado,  provenía de una familia tradicional de campo, la tercera de cinco hermanos, con la diferencia respecto a la familia de mi papá, que de los cinco hijos, había un hombre (algo de diversidad por lo menos). Mi madre solía contar como la criaron, con mi abuelo en la cabecilla y una estricta crianza marcando fuertes roles de género, mas gráficamente, para que se entienda, el único hermano de mi mamá, es también el único en ir a la universidad, mientras mis tías y mamá se restringieron a vivir del campo y venir a buscar “nuevos horizontes a la capital” respectivamente.
            ¿Qué sale resultante de esos dos tipos de crianza?, fácil, una crianza absolutamente machista y con privilegios para mí, por ser el único hombre, en contra posición a mis hermanas. Desde chico me sentía el rey de la casa, literalmente, porque siempre se me inculcó que al no estar mi papá, yo era “el hombre de la casa”, que cuando creciera, yo debía cuidar a mis hermanas y mamá (siendo que mis hermanas me llevan una considerable ventaja de edad), al parecer, contaba con un poder o atribución mayor que mis hermanas en ese entonces, nací hombre.
            Todo lo anterior desembocó en que yo no analizara el contexto machista en el cual me envolvían, nunca lo cuestioné y, al contrario, disfrutaba inconscientemente de los privilegios de ser el único hijo hombre, como por ejemplo, en las tareas de la casa, yo a lo más debía hacer mi cama, mientras que mis hermanas además de eso, lavaban la loza y planchaban. Mi lazo afectivo con mi papá era aun mayor que el que tenía el con mis hermanas, y mi lazo con mi madre en cambio, era el mismo que tenia con mis hermanas. Todo lo anterior favorecía el desarrollo de principalmente mi infancia, creciendo con menos cargas que mis hermanas y nadie decía nada, tampoco nadie pensaba decir nada, así nos criaron, así crecimos, así nos mantuvimos. Por eso también yo aprendí a realizar labores muchísimo más tarde que mis hermanas, y las tuve que aprender a la fuerza, para ser más independiente y salir del paso a medida que crecía, como por ejemplo, cosas tan simples como cocinar.

Ahora, a raíz de estos ejercicios de introspección del ramo, y, al recordar mi infancia más detalladamente, me doy cuenta de todo lo machista que fui, sea inconsciente o no, se es machista igual, aunque no lo haya querido ser bajo los ideales que tengo ahora, pero los hechos se forjaron así y yo seguí la gradiente, aun mas, herencias o secuelas de eso las sigo palpitando hasta en los planos más simples de mi vida cotidiana actual, reconozco como hecho básico, que no se planchar, actividad simple, pero que si la hiciera ahora, quemo la prenda en cuestión.

Jorge.