Hace un tiempo que comencé a trabajar en el conocido atractivo de las empresas de atraer clientes para sus productos: las promociones. Y que mejor que incentivar al público al consumo que la imagen femenina: es como si las mujeres tuviésemos cierto poder casi mágico.
Esta empresa no era nada fuera de lo común, su funcionamiento giraba en torno a una imagen masculina del hombre joven y exitoso entre 23 y 27 años. La mayoría de los cargos importantes estaban en sus manos, a pesar de ser un ambiente laboral mixto. La jerarquización funcionaba así: Los jefes de campaña en la cabecilla(a cargo de asignar campañas a los supervisores), los supervisores, quienes se encargaban de que las promociones funcionaran sin inconvenientes y por último, las promotoras, quienes vendían el producto. Los trabajos eran esporádicos,es decir, no se efectuaban todos los fines de semana, por lo tanto, las promotoras eramos las encargadas de encontrar una campaña para trabajar. Esto último, como es predecible, generó cierta dependencia laboral entre quién da el trabajo y quién lo recibe. Los supervisores tenían la libertad de otorgar y desechar cuanto trabajo de promotora quisieran, según sus intereses.
En una de las cotidianas búsquedas de campaña, hablé con mi supervisor de ese tiempo y le pregunté si tenía alguna disponible. El me contestó que sí, pero que en ese momento no podía hablar porque estaba en una fiesta( ya habíamos salido de vacaciones y esto fue en pleno día, como a las una de la tarde). Entremedio de la conversación me dijo:" Pero María Jesús, vente a la fiesta, invita a unas amigas". Yo dije que no, lo conocía muy poco y me parecía poco pertinente. De a poco empezó a insistir e insistir. Hasta que en un momento le dije : " ¿ Y por qué tendría que ir si no quiero y con suerte te conozco?
Y el contestó: " Bueno, porque soy tu supervisor, y yo te doy trabajo, deberías profundizar relaciones conmigo, total, siempre nos vamos a ver"
Al contestarle de nuevo que no, no me habló mas, a pesar de que habíamos quedado en que yo haría la campaña.
Me pareció tan sorprendente y tan vulnerable la situación al tomar conciencia de que el poder que estaba ejerciendo sobre mi no solo era abusivo sino que era real, que tuve que dejar de trabajar por un tiempo. Después me di cuenta que esta relación jerárquica y de dependencia que existía entre supervisor y promotora habría muchas puertas a situaciones de abuso: a veces la simple "buena onda" pasaba a insistencia, y mas tarde a acoso.
Me imaginé al montón de mujeres quienes si habrían aceptado esa propuesta, por miedo a perder su trabajo. Pero me imaginé también al otro montón que no lo habría aceptado, haciendo pública la situación.
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