Hace unos días conversaba con mi polola, quien
es estudiante de Relaciones Públicas Corporativas, acerca de los temas que ella
estaba viendo en la universidad. Me contó que tiene un ramo de protocolo y
comenzó a leerme parte de un texto
llamado “Manual básico de protocolo empresarial y social”, el cual contiene los
pasos que se deben seguir en reuniones importantes con altos cargos como
empresarios, presidentes, reyes e incluso en la vida cotidiana. Mientras
continuaba la lectura, llegó a un capítulo
que se titulaba “La mujer y la indumentaria”, solo al escuchar el nombre del capítulo
supe que debía prestar atención. Se trataba de una parte del libro dedicada e
explicar cómo se tiene que vestir y ver una mujer, con frases como “Eviten usar
minifalda o escote. A lo mejor quiere llamar la atención, pero debe recordar
que la vida profesional continua y su imagen puede desmerecerse”, otra que dice
“Si la reunión es muy importante, no dude en solicitar un maquillaje
profesional” o “Con respecto a las uñas, fijarse antes de salir que el barniz
no este pelado y que el esmalte este parejo”. Luego de leer esto, mi polola me
dice “cómo es posible que sea tan importante la imagen y no las capacidades
para poder dedicarse a este ámbito”. La verdad es que en cierto sentido para
muchos es normal que seguir estos pasos para tener éxito en el trabajo, pero
también cualquiera puede ver que incluso en libros dedicados a
educar a profesionales se tiende a ocupar una imagen estereotipada de la mujer,
como ejemplo de prolijidad, buenas costumbres, sobriedad y al mismo tiempo nos
damos cuenta de que toda esa imagen que se quiere mostrar, no es más que una
imagen instaurada por el paternalismo que se evidencia en las relaciones
laborales, donde se busca una mujer “ideal” que cumpla con los requisitos
solicitados para que no tengan problemas
al entrar a un mundo del trabajo dominado por hombres, que no integra, sino que
solo crea distinciones.
No hay comentarios:
Publicar un comentario