10 de abril de 2015

Acoso sexual callejero

Era una tarde primaveral de septiembre del año pasado, me encontraba junto a dos amigas caminando por una ajetreada calle de Santiago centro, íbamos conversando tranquilamente, hasta que viene caminando en el sentido contrario un adolescente, vestido con uniforme de colegio, sin llamar demasiado  la  atención de su presencia, nos cruzamos y repentinamente él pasa al lado de una de mis amigas y le da un “agarrón”, pero en ese momento con mi otra amiga no nos percatamos de lo que había pasado, solo vimos la reacción de mi amiga que saltó y gritó y enseguida le pregunté: ¿Qué te pasa?, ella muda, su rostro pálido como si se hubiese quedado sin alma, tan petrificada estaba, sin reacción, que yo no entendía que pasaba, pensé que le habían robado algo.
Hasta que mi amiga reacciona al fin y dice: ¡ese pendejo que pasó me agarró el poto! lo dice enrabiada y a la vez un poco avergonzada, yo también me irrité con la situación. Luego unas señoras se nos acercan y preguntan qué había ocurrido porque habían visto al joven pasar, al igual que yo pensaron que asaltaron a mi amiga, les contamos lo que pasó y una de las señoras nos dice: pero, ¿cómo? ¡Si era un niño!, mi amiga le responde claro pero él sabía muy bien lo que estaba haciendo. Y en seguida nos fuimos bastante descompuestas por todo lo que ocurrió.
Estos comportamientos vulneran la sexualidad de la mujer a través del acoso sexual callejero  donde se quebranta  el derecho a caminar seguras por la calle. Siendo mujer, soy una ciudadana, igual que las señoras moralizadoras o los hombres que abusan de sus “ventajas” de ser hombre. Que esto no obedezca a nuestras características físicas, sino de responsabilidades sociales cuando se vive en democracia.
Hemos sido educados en una cultura sexista y el acoso sexual no solo lo debemos ver como  una transgresión  hacia mujeres, sino que realmente nos vulnera en nuestros derechos humanos porque todos y todas debemos caminar con seguridad y tranquilidad, ya que tenemos ese derecho, no debemos sentirnos culposas ni responsables por sufrir acoso pues se ha normalizado en cierto modo esto, además de no permitir esa idea de que sólo son “hombres” cuando someten sexualmente a una mujer en un lugar público y privado. 

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