Durante las vacaciones de
invierno del 2014, junto a mi familia viajamos
a Argentina, específicamente a Bariloche. Mientras recorríamos la ciudad
con mi hermana, paseando por las zonas más turísticas, entramos a una tienda de
recuerdos donde a mi hermana le llamó la atención un polerón negro. Luego, llamó al vendedor y
le dijo:
Hermana: Señor, ¿Cuál es el
precio de ese polerón?
Vendedor (con una sonrisa) ¿Cuál,
la campera negra? (reconociendo que mi hermana era extranjera)
Hermana (riéndose): Sí, sí, esa
misma
Vendedor: Cuesta 200 pesos (argentinos)
Hermana: Ah Perfecto, ¿tiene
talla más grande?
Vendedor: Sí, ¿Para quién es,
para tu novio?
Hermana: No, no, es para mí.
Vendedor (con extrañeza): ¡No!,
vos tenés que comprarte una campera más femenina, una rosadita, más ajustadita,
como para vos…
Hermana (un poco avergonzada):
No, a mí me gusta esa.
Vendedor: Pero niña, esa
(indicando el polerón negra) es ropa de hombre.
Hermana (mucho más retraída, pero
irónica): Bueno, ¡GRACIAS! …
Luego, con mi hermana nos fuimos
muy enojadas. Ella me comentó lo muy arrepentida que estaba al no haber
contestado a los comentarios tan desubicados del vendedor, y yo tampoco me
explicaba el por qué no reaccioné y quedé como mera espectadora de tal
situación.
Al recordar esta experiencia,
podemos ver algunas tendencias, o más bien, ideas y posturas que aún rigen nuestra sociedad, en donde las normas
sociales que nos imponen acaban con la pluralidad y la igualdad, tal como se ve
en este caso donde, según ese hombre, se debe seguir un código de vestimenta en
base a lo que él entiende de ser hombre o mujer o femenino y masculino. Y es
que aquí hay un punto importante, ya que para muchos la femineidad sigue siendo
intrínseca a la mujer y la masculinidad lo sigue siendo para los hombres, lo
que conlleva a creer que esto se debe a algo relacionado con la naturaleza de
las personas, desconociendo así las fuerzas sociales, institucionales y
culturales que se esconden detrás de esas ideas. Bajo este mismo
desconocimiento e ignorancia, no es de extrañar que para muchos la sexualidad
de las personas se siga definiendo en base a sus genitales.
Por tanto, ante las normas dadas
en nuestra sociedad y cultura occidental, una mujer debe tener ciertas
características físicas, cierta forma de vestir, hablar, etc. y nos cargan con
esas imágenes, en todos los medios posibles, prácticamente desde que nacemos, y
no se dejan espacios para problematizar lo que es ser mujer y lo que es ser
hombre.
Esta forma de violencia simbólica
se impone desde nuestra infancia, por lo que no tenemos conciencia de estar
viviendo esto y se terminan naturalizando e invisibilizando tales preceptos y
prácticas, de que hombres y mujeres deben vestir de una forma determinada, y
vamos reproduciendo dichas obligaciones a través de actitudes y comentarios
como los que tuvo el vendedor argentino. Es así como se van internalizando
distintos tipos de “obligaciones” que
abarcan lo cultural, lo religioso, y muchas otras esferas más, y que van
llevando a que la sociedad adopte una visión determinada de la vida y que
reproduzca prácticas acorde a dicha visión.
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