Desde que tengo uso de razón, siempre me he sentido distinta a las demás niñas, principalmente, porque cuando era más pequeña mis gustos eran “más de hombre”, mejor dicho, así me lo hacían sentir los demás. En fin, de primero a cuarto básico, asistí a un colegio municipal de la florida, el que a su vez era mixto y muy pequeño. Desde el jardín, siempre se me ha hecho más fácil socializar con niños que con niñas. Yo, atribuyo esto a que pasaba mucho tiempo con mi hermano mayor, también, que, casi todos mis primos son hombres y para describir mucho más el “mundo de hombres” en el que estaba inmersa, en el pasaje eran casi todos varones. Cuando entre a este colegio, mis primero amigos eran niños, de hecho en el grupo era la única mujer, no me incomodaba ni en lo más mínimo, hasta que sonaba la campana del recreo y la profesora nos autorizaba a salir. En ese momento todo cambiaba, porque al estar dentro de la sala las diferencias no eran tan notorias, pero al momento de salir al patio, este mundo dicotómico se hacía visible. Por un lado, las niñas se ponían con una radio a bailar las canciones que en ese tiempo pegaban, como el “Axe” o canciones del programa “Mekano”, pasaban todos los recreos en eso. En cambio yo no, no me gustaba estar bailando todo el rato y hacer sólo eso. Yo prefería jugar a la pelota o correr a lo largo del colegio, en realidad, jugábamos con una botella, pero intentábamos que pareciera fútbol. Mis compañeros de juego reconocían mi destreza e incluso me sentía parte de algo. Nosotros, corríamos detrás de la botella plástica a lo largo de todo el patio, bueno no era tan grande, era del largo de 4 salas, con dos árboles grandes en el centro, pero era nuestra cancha y mi espacio de entretención. Recuerdo que en más de una ocasión, escuche decir con sorpresa -¡Mira es una niña la que está jugando!
A veces, jugábamos con otros cursos y en esos partidos era donde más oía comentarios por ser niña. Algunas veces ganábamos y otras perdíamos, como en cualquier deporte. Para mí, era todo normal, hasta que un día no me dejaron jugar, y por qué, por ser niña. Cuando estos partidos de coordinación entre niños, se regularizaron, con esto me refiero a que el colegio hizo un campeonato por cursos, algo así como “ algo serio”, quede excluida automáticamente por ser mujer. Cuando yo y mis compañeros preguntamos la razón de mi exclusión, el profesor de educación física dijo -es un campeonato sólo de hombres, porque las mujeres no juegan a la pelota- En mi mente, nacía la pregunta ¿Si las mujeres no juegan, qué soy yo entonces? Aun así, seguimos insistiendo, digo seguimos porque mis compañeros le hacían saber al profesor que yo era mejor que otros niños e incluso, escuche decir que “no era igual que todas las niñas”, con lo que él respondió –Si quieres puedes ver los partidos en el gimnasio, pero sería injusto para los otros niños-. A qué se referían con que no era igual a todas las niñas, yo me sentía distinta porque, bueno, si me llegaba un pelotazo no lloraba y otras cosas, pero entonces ¿las mujeres tienen prohibido realizar deportes de contacto por su condición de género, porque la construcción social indica que son más delicadas? En ese momento sentí mucha impotencia, no llore, porque tenía rabia, encontraba que era una situación tan injusta. O sea, porque el profesor a cargo priorizaba el que yo fuera una niña antes de ver mis capacidades y considerar desde ahí, su decisión, yo debía ser excluida del único lugar en el que me sentía acogida y reconocida.
Otro punto que causo confusión en mi pequeña cabeza fue: ¿injusto para los otros niños? Y que hay de mí, no es injusto prohibir un deporte sin tomar en cuenta las capacidades. Dentro de esta dicotomía, el panorama es el siguiente: yo como niña, como mujer, no puedo realizar actividades de hombres. Cuando en realidad, son ellos los hombres los que no pueden realizar actividades conjuntas con mujeres. A mí no me incomodaba jugar con hombres, pero a ellos (no a mis amigos) si les incomodaba jugar conmigo, porque “debían” jugar de forma distinta, tener cuidado conmigo, tratar de no lastimarme, etc. La incapacidad que tiene el hombre frente al trato igualitario de la mujer, tiene como resultado, la exclusión de la mujer en las actividades donde el género masculino es predominante.
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