19 de mayo de 2015

Sexismo en la familia

Hace algunos años, cuando estaba terminando el colegio, no tenía claro lo que quería estudiar, lo cual siempre fue un tema muy importante para mi familia. En una ocasión mientras realizábamos un almuerzo a propósito de la celebración de un cumpleaños, se encontraba  toda mi familia: tíos, primos, etc. en ese momento alguien me pregunta que quería estudiar y yo respondí: “Aún no estoy segura de lo que quiero y pero tengo algunas opciones en mente”. Ante mi aseveración  uno de mis tíos dice: “Pero como no sabe todavía, si ya está terminando el colegio, debería tener las cosas más claras”. Y antes de que yo pudiese responder a su comentario, mi tía responde: “Dejen tranquila a la niña, ella no tiene que calentarse la cabeza pensando en estudiar una carrera. Lo que ella tiene que hacer es pensar en cosas más simples y así puede estudiar lo que a ella se le ocurra, lo importante es que encuentre un marido que la pueda mantener y que la niña se dedique a otras cosas”.
Cuando terminó de hablar, todos pensamos que se trataba de una broma, pero cuando le preguntamos ella dijo que hablaba en serio. Todos quedamos perplejos, y obviamente yo le dije que no esperaba que alguien me mantuviera en un futuro, que era mucho mejor gozar de una situación independiente, sin embargo ella respondió que para una mujer lo ideal es vivir de esa manera.

Resulta muy difícil creer que esta opinión sea reproducida por una persona perteneciente al género femenino y también que aún exista esa imagen tan sexista en la que se vincula al género femenino al ámbito privado, como si la mujer no pudiese salir de esta esfera, así como si el  hombre tampoco pudiese salir del ámbito público, planteando que debe ser solo él quien traiga el sustento económico al hogar y de esta manera conseguir además un mayor desarrollo personal. Se puede ver que sigue existiendo la imagen que muestra a la mujer como una persona sumisa, sin mayores pretensiones, que no puede tener mayor independencia y que debe estar obligada a encontrarse “atada” a una persona, porque no es capaz de poder sustentar su propia vida. 

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