Generalmente cuando somos niños absorbemos indirectamente miles de
estereotipos que internalizamos sin cuestionar, suponemos que si todos lo hacen
está bien, dado a que como miembros de una comunidad necesitamos sentirnos
aceptados, pero es sumamente importante que durante nuestra formación nos
dediquemos a cuestionar lo que nos rodea.
Cuando era pequeña e iba al colegio, no llevaba bolsos estampados
con Barbie, Minnie o con alguna de las princesas Disney que estaban de moda en
ese tiempo. Tampoco llevaba zapatillas de colores claros, con luces, rosadas,
que brillaban. A mí me encantaban los colores oscuros, como el azul marino o el
café oscuro, me gustaban esos colores sin saber bien la razón, quizá era porque
a mi papá también le gustaban esos colores y como lo veía vestido con ellos, quería
imitarlo. Por lo que cada vez que íbamos a una tienda comercial para comprar zapatos,
yo siempre quedaba feliz si los míos eran
de color oscuro.
Hasta que un día, cuando estaba en recreo, jugando en el patio trasero
con mis compañeros, se acercó una niña para decirme algo sobre mis zapatillas.
-Que feas son, parecen de niño.
-¿De niño?
-Sí, son negras. No son de niña, son de niño.- Me dijo y se fue.
Yo no sabía qué hacer, recuerdo que los niños que se encontraban a
mi alrededor comenzaron a reírse, me sentí triste, sentí que no encajaba, que
no era una niña, odie las zapatillas en ese momento, las odie tanto que cuando
llegue a casa llore para que me compraran unas de otro color y lo conseguí,
conseguí que me compraran las zapatillas del color más rosado luminoso chillón que habían en la tienda. Al
principio las usaba para que no me volvieran a molestar y no lo hicieron, no
volví a escuchar críticas por mis zapatillas, sin embargo, yo no estaba feliz,
no me gustaba el rosado, nunca me había gustado, pero en ese tiempo el
estereotipo del color rosado como femenino pudo más en mí, para lograr encajar.
Octubre.
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