20 de mayo de 2016

Cardiólogo.

Hace unos días tuve que ir al cardiólogo, ya que había sentido unas puntadas bastante extrañas en el último tiempo. Mi mamá decidió que me acompañaría. Al llegar y luego de hacer los procedimientos habituales que involucra la compra del bono y toda la espera, entramos a la consulta. Al conocerlo, yo consideré que el cardiólogo era de aspecto muy relajado, me reía ante un pensamiento privado: el de que lo encontraba “hippie”. Mientras estábamos conversando acerca de cómo me había sentido, y de qué me había llevado ahí (junto con todas las preguntas de rutina), él me desabotonaba la camisa y escuchaba mis latidos con el estetoscopio. Después de tranquilizarme diciendo que todo era normal pero que me haría exámenes igual para estar seguros, nos fuimos con mi mamá. Los comentarios no se demoraron en aparecer. “Hijo, por Dios, el doctor era súper gay”. Me dediqué a mirarla extrañado y ella sólo miraba hacia adelante y seguía hablándome y dando su descripción del médico: “era tan suavecito, y ¿no viste cómo te miraba? Ay en un momento yo me asusté, cómo te tocaba y cómo te desabrochaba la camisa, si parecía que lo disfrutara”. Me limité a contestarle suave y sin que se notara que no entendía la importancia a que fuera, o no, homosexual: “Mamá, es su trabajo, no creo que le importe qué hace mientras pueda escuchar bien el corazón”. A lo que me contestaba: “Sí (un muy alargado sí) pero te miraba raro, además como hablaba. No, sí era medio raro el doctor”.

Seguimos caminando mientras iba pensando en todo lo que me había dicho. No sé, la verdad, qué cara tenía, pero mi mamá comenzó a darme un sermón por lo poco tolerante que soy con ella, y cómo es que nunca tomo su opinión en cuenta. Aún me pregunto qué parte de ese día me dejó más descolocado.


Hammond Druthers.

No hay comentarios:

Publicar un comentario