20 de mayo de 2016

Machismo a Domicilio



Es verdad que no tengo demasiadas habilidades. Pese a que pasé por hartas escuelas deportivas cuando era pequeño (desde fútbol hasta ping-pong), nunca demostré talento suficiente. En el colegio estaba en todos los talleres, pero nunca llegué a la selección de nada. Mis notas no eran malas, pero tampoco destaqué. En la universidad mis notas son, por decirlo de una forma optimista, suficientes. Pero hay algo que sí me gustó desde muy pequeño y que  siempre resaltó la atención de mi familia: comer.
Desde que tengo memoria que me gusta comer, y de todo, no solamente las cosas que frecuentemente le gustan a los niños. Cuando íbamos a la playa, comía charquicán de cochayuyo ante el asombro de mis primos de mi misma edad, que me consideraban un traidor. Acorde con mi gusto por la buena mesa, empecé a desarrollar habilidades en la cocina, hasta hoy, que humildemente puedo decir que cocino bastante bien. Son pasiones conjuntas, creo, el esperar una buena comida significó para mí interesarme en el proceso, y ponerme, literalmente, manos a la masa.
Cuando conocí a mi polola, la conquisté por el paladar, como se dice. Al principio hacía pizzas caseras, con los ingredientes que ella quisiera. Después preparaba lasaña, guisados, e incluso postres bastante elaborados. Todo era agradable hasta el domingo pasado, cuando decidí invitar a la musa de mis sabores a mi casa, para que la conocieran mis padres.
Era temprano, y me levanté a comprar al supermercado, sin nada específico en la mente, allá se me tendría que ocurrir algo. Al final, decidí hacer comida peruana. Llegué a mi casa con hartas bolsas, y me encuentro de frente con mi mamá. Me preguntó que a qué se debía el milagro de tenerme despierto tan temprano, y además con bolsas del supermercado. Le conté la situación, y su rostro cambió. “¿Y tú le cocinas a ella?”, fue lo primero que me preguntó. Le dije que sí, porque me gustaba hacerlo, además, ella no sabe cocinar. “¡¿No sabe cocinar?!”, me dijo, casi gritando. “Después -continuó- , cuando llegues tarde del trabajo, cansado, y quieras comer, te vas a encontrar con el refrigerador pelado, y sin ningún plato de comida que te espere. Así empiezan las cosas, y al final, se van a terminar separando.”
Cerré la puerta y me fui a mi pieza. Mi papá bajó, y le preguntó a mi mamá qué me había pasado. Le preguntó eso, pero sólo después de haberle preguntado qué haría ella de almuerzo hoy.

Engañao Pa Chillán

No hay comentarios:

Publicar un comentario