Diariamente
nos exponemos ha sucesos de diversa índole que afectan nuestra vida, tanto
práctica como mentalmente, entre los cuales es posible encontrar mecanismos
sociales que producen y reproducen un actuar y pensar de manera sexista, es
decir, con una actitud que hace distinción entre sexos llegando inclusive a la discriminación,
que en la mayoría de los casos se encuentra inconscientemente naturalizada, por
no decir siempre.
Tales
conductas solemos vivirlas con más frecuencia de lo que pensamos, puesto que la
sociedad en que nos hallamos insertos se ha configurado, en cierta medida,
según roles de género. Encontrándonos así con situaciones complejas como la
discusión de si una mujer es capaz de ser igual o mejor líder que un hombre,
hasta otras más sencillas, pero no por ello menos importantes, como la
convención de que si un hombre usa ciertos colores en su vestimenta puede poner
a juicio su masculinidad.
Esta
última situación, resulta similar a una de mis entradas expuesta anteriormente,
la cual consistía en que cuando iba a comprarme ropa en compañía de mi familia,
estos reaccionaban sexistamente ante el vestuario disponible en las tiendas,
puesto que siempre han tenido reticencia, por ejemplo, hacia los pantalones
pitillos y aquellos de colores no tradicionales como los rojos, naranjos, etc.,
ya que los consideraban afeminados. Razón del por cual nunca me compré de
estos, y a la vez, tampoco me gustaron, por costumbre posiblemente.
Tal
caso se relaciona directamente con las convenciones sociales asociadas al género,
que han surgido con el fin de hacer una separación y distinción entre lo que se
considera masculino y femenino, y que aplican para la mayoría de los aspectos
de la vida, abarcado desde conductas, gustos, identidades a expectativas.
Dicho
aspecto posee una importante relevancia en la manera que los individuos llevan
a cabo su cotidianidad, y por tanto, en la forma que confeccionan la realidad.
Dado que estos usualmente son inculcados desde la niñez, el proceso de
distinción según sexo iniciaría a partir de las cosas más básicas de la vida,
tales como los colores de las clásicas mantas infantiles, para seguir ya a una
edad más avanzada con la elección de programas televisivos y juguetes.
Sin
embargo, pese a que todo este proceso es evidentemente mediado por los padres
en un principio, generalmente, ya para la adolescencia, si bien los sujetos
comienzan a tener una mayor autonomía sobre sí mismos, está etapa resulta ser
incluso mucho más compleja, dado a que existe una presión social que inhibe a
los jóvenes a que se desvíen, mediana o totalmente, de la norma otorgada a su género si así lo
quieren, puesto que llegase a ocurrir, existiría la posibilidad de que sean rechazados y/o
juzgados eventualmente, inclusive por sus más cercanos que asimismo también han
sido permeados por tales convenciones.
Es
por ello que resulta muchas veces difícil romper con tales normas sociales,
pero más allá de terminar con esta fuerza social plausible a repudiar o
sentenciar el escaparse de estas, existe otra fuerza mucha más cimentada y difícil
de frenar y reproducir, la naturalización de estos, puesto que mientras exista
tal característica, se conlleva a que estás pasen desapercibidas y que la
minoría de las personas de las cuestionen.
Aún
así, cabe destacar que cada vez más los individuos se encuentran más abiertos a
la permeabilidad de estos aspectos que antes resultaban mucho más separados
según género, sobre todo en lo que respecta a los gustos, puesto que cada vez
es menos extraño encontrar a hombre que vean, y admitan ver, películas románticas,
o que tengan conocimientos de costura, así como que hayan mujeres que les
fascinen los automóviles y practiquen deportes como el balompié.
Personalmente,
considero que las convenciones sociales relacionadas al género, no necesariamente son malas, pero a la vez, no
puedo negar que son un total constructo social, y por tanto, carecen de un
carácter natural. Aunque la vez, sí bien debe tenerse en cuenta que estás
restringen la libertad de los actores, da la impresión, superficialmente, que
estás no son un gran problema tanto para el común de las personas que están
poco familiarizadas con el tema, como para aquellos que poseen un cierto nivel
de consciencia sobre tal fenómeno. No obstante, siempre hay casos donde estas
normas se llevan a niveles extremos, que tampoco son pocos, y generalmente
irían ligados estrechamente al grado de tolerancia o “amplitud de mente” que
tenga la sociedad en que uno se encuentre.
Gatsby.
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