24 de marzo de 2015

Ni tan gracioso

Era de esos vendedores que expelen una seguridad tan notoria que rozan la arrogancia, de esos que te hacen creer que tienes todo el espacio y tiempo del mundo. Miras zapatillas, tocas alguna polera; te das vuelta ya aburrido hasta que notas un algo que te llama la atención. Ahí, justo ahí es cuando aparece mágicamente a tu lado.

Y bueno, así me pasó, viendo unas zapatillas de hecho. Se acercó con confianza, preguntándome si me iba a llevar algo. No debía pasar los 50, sus canas y su calvicie incipiente me daban a pensar que tenía alrededor de unos 47 años no muy bien cuidados.

El Almacenes París del Parque Arauco ya se estaba quedando sin muchos clientes, y yo (con el vendedor al lado), ya para terminar con el trámite, creí decidirme por unas zapatillas, pero, sólo por curiosidad, le pregunté por otros colores. En ese momento sonrió (no entendí por qué), me dijo que era lo único que había y guardó silencio un breve momento. Se notaba que quería decir algo, pero se demoró un par de segundos más para decirme casi de forma explosiva: “tampoco te vai’ a poner como las “minas”, ¿ah?, preguntando si se le puede quitar la línea negra o por colores raros, no te pongai’ exquisito tampoco po’ ”. Después de eso se rió abundantemente, como aprovechando ese preciado momento de relajo luego de haber dicho algo que tenía atorado en la garganta.


Sonreí, no dije mucho más que un “claro” y tomé las zapatillas. Me llamó la atención su broma, no sólo por establecer, implícitamente, el estereotipo de lo femenino como un algo complicado, exigente e indeciso, sino por su sonrisa cómplice, haciendo un ademán a que me riera con él, a que compartiera esa “conexión hombre con hombre”. ¿Es que acaso por ser hombre tendría que, necesariamente, aprobar cualquier broma que haga alusión a algún “defecto” de la mujer estereotipada? 

No hay comentarios:

Publicar un comentario