Era de esos vendedores que expelen una seguridad tan notoria que rozan
la arrogancia, de esos que te hacen creer que tienes todo el espacio y tiempo del
mundo. Miras zapatillas, tocas alguna polera; te das vuelta ya aburrido hasta
que notas un algo que te llama la atención. Ahí, justo ahí es cuando aparece
mágicamente a tu lado.
Y bueno, así me pasó, viendo unas zapatillas de hecho. Se acercó con confianza,
preguntándome si me iba a llevar algo. No debía pasar los 50, sus canas y su
calvicie incipiente me daban a pensar que tenía alrededor de unos 47 años no
muy bien cuidados.
El Almacenes París del Parque Arauco ya se estaba quedando sin muchos
clientes, y yo (con el vendedor al lado), ya para terminar con el trámite, creí
decidirme por unas zapatillas, pero, sólo por curiosidad, le pregunté por otros
colores. En ese momento sonrió (no entendí por qué), me dijo que era lo único
que había y guardó silencio un breve momento. Se notaba que quería decir algo,
pero se demoró un par de segundos más para decirme casi de forma explosiva: “tampoco
te vai’ a poner como las “minas”, ¿ah?, preguntando si se le puede quitar la
línea negra o por colores raros, no te pongai’ exquisito tampoco po’ ”. Después
de eso se rió abundantemente, como aprovechando ese preciado momento de relajo
luego de haber dicho algo que tenía atorado en la garganta.
Sonreí, no dije mucho más que un “claro” y tomé las zapatillas. Me llamó
la atención su broma, no sólo por establecer, implícitamente, el estereotipo de
lo femenino como un algo complicado, exigente e indeciso, sino por su sonrisa
cómplice, haciendo un ademán a que me riera con él, a que compartiera esa “conexión
hombre con hombre”. ¿Es que acaso por ser hombre tendría que, necesariamente, aprobar
cualquier broma que haga alusión a algún “defecto” de la mujer estereotipada?
No hay comentarios:
Publicar un comentario