A principios de Enero, un día sábado muy soleado y caluroso, fui al cumpleaños de mi primo chico que cumplía 7 años. Lo celebramos en una parcela cerca de la localidad de Paine, este sitio ha pertenecido a mi familia durante muchos años, por parte materna. En general, se celebran casi todos los cumpleaños ahí, principalmente porque cuenta con piscina, áreas verdes, cancha de baby fútbol, entre otras formas de entretención. En fin, en esta ocasión fueron los familiares de parte de papá y de mamá de mi primo, a demás de algunos amigos de mis tíos y de la familia.
Comencé a reconocer los eventos de sexismo, temprano en la mañana, al momento de tomar desayuno. Primero, mi abuelita hizo el desayuno, como todas las veces. Y luego, recogió la mesa y comenzó a lavar lo que habíamos ensuciado, sin mayor reproche, prácticamente como si fuera su obligación. A lo que fue avanzando el día, estas situaciones se repetían, sólo que está vez, se añadían mi madre y mis tías, ah y, también, casi se me olvida, cualquier invitada, por ejemplo una amiga, una prima lejana, cualquier mujer que asista “debe” cooperar en las labores domesticas o atendiendo a los invitados. Mientras que los hombres de la familia, pasan un agradable fin de semana jugando a la pelota, bañándose en la piscina, ingiriendo alcohol, y si no descansando.
Pasado el miedo día, se comenzaban a preparar las cosas para el almuerzo. Y adivinen quiénes estaban a cargo… Así es, las mujeres de la familia, la gran mayoría estaban metidas en la cocina, muertas de calor y, a menos que, alguien entrara a preguntar cuánto falta para almorzar, de vez en cuando, les ofrecían algo para beber o para picar. En fin, cuando llega el momento de servir, se hace, algo así como, un llamado a las mujeres jóvenes que se resistieron a la cocina, a poner la mesa y llevar las ensaladas. Y en general, los hombres se siguen divirtiendo y haciendo notar que tienen hambre, con preguntas como -cuánto tardará el almuerzo- y demás. Cuando nos sentamos a la mesa, una de mis tía, si es que no mi madre, comienza a servir los platos. Por alguna razón, que aun intento comprender, se les sirve a los niños primero, luego a mi abuelita (la matriarca de la familia), seguido los hombres, después las “visitas”, casi al último a las mujeres jóvenes y, al final las que más trabajaron. Cuando se termina el almuerzo, mi madre y mis tías, comienzan a juntar los platos, a raspar la comida y a lavarlos posteriormente. Si la sobremesa se alarga, se comienzan a preparar las cosas para once. Podríamos decir que, mientras los hombres hacen equipos de fútbol, las mujeres hacen equipos de servicio.
La gran mayoría de las veces, discuto con mi mamá porque considero que la situación es muy injusta y perjudicial para las mujeres. Ella no logra entender, sino que, a cambio me reprocha -deberías ayudar más para que así, yo también pueda descansar y disfrutar del cumpleaños. Cuando yo le recalcó que -la solución es distribuir de forma más equitativa las labores-, es decir, que a hombres y mujeres se les asignen tareas, ella tendría tiempo para disfrutar, al igual que mis tías y mi abuelita. A mi parecer, a nadie le gusta estar encerrado trabajando, menos en un cumpleaños y, que a demás, todos lo tengan tan naturalizado, que ni siquiera se valorice el trabajo y esfuerzo que hay detrás.
En este caso, la naturalización del sexismo es tal, que las mujeres sienten que tienen la obligación y la responsabilidad de atender a los invitados y, asumiendo que -si no lo hacen ellas, nadie lo hará. Existe una contrariedad inmensa, ya que por una parte, se sienten obligadas y, por otra, añoran que la situación sea distinta, sin tomar en cuenta que, no cambiara si se siguen excluyendo a los hombres de este tipo de responsabilidades, y a su vez, recaen sobre las demás mujeres. Como consecuencia, se reproduce está lógica y, me atrevería a decir, que es uno de los principales problemas que existen entre madre e hija, con esto me refiero a que, la madre intenta que la hija cumpla con el imaginario que existe de la mujer, que sea hacendosa, callada, habilidades en la cocina, etc.
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