28 de abril de 2015

Él lo hace por mi bien

Para esta tercera entrega traigo algo similar a lo anterior, así que situémonos en el mismo colegio de las historias pasadas, sólo que ahora en tercero medio. 
Tenía un grupo de amigas en el que me refugiaba de la idiotez de mis compañeras, sin embargo este año no fue la estupidez de mis compañeras que siempre vi ajenas a mí la que me afectó, sino que de alguien a quien yo quería mucho.
Llegué al colegio temprano como de costumbre (me gustaba dormir unos minutos antes de que llegara el profesor), pero mientras contaba ovejas, escuché a alguien sollozar. Levanté la cabeza y era una de mis amigas, mi queridísima Mili. Preocupada, me levanté a abrazarla y después de unos minutos la miré, y vi algo espantoso. Tenía una mano marcada en su pecoso rostro. Pensé “¿Qué hago, qué digo?”, pero sólo pregunté “¿Qué le pasó a tu cara?”.
Ella se quedó en silencio, mirando avergonzada hacia la pared. Luego de un eterno silencio contestó “Fue Esteban”. Ellos llevaban un año de relación, se veían felices, como una pareja “normal”.
Nos pusimos a conversar y me contó que el día anterior él se había quedado a dormir en su casa. Mientras ella revisaba su uniforme, él le había hecho notar que su falda era muy corta y que ella deseaba que la miraran. Según lo que mi amiga me contó, ella negó eso, y simplemente dijo “Estás  exagerando”.
Al parecer, la respuesta que dio mi amiga no fue muy bien recibida, pues él comenzó a insultarla y a criticar su forma de vestir, argumentando que ella era una “suelta a la que le gustaba mostrar todo el cuerpo”. Ella me dijo que intentó defenderse, hasta que él perdió los estribos y la golpeó. Le pegó una cachetada en su mejilla derecha y le dijo “Te lo mereces por suelta”.
Quedé escandalizada, ¿cómo alguien golpeaba a mi amiga? Y ¿en dónde se encontraban sus padres cuando esto ocurrió? Ella me explicó que sus padres habían ido al supermercado y que por eso no habían notado la discusión y menos el moretón en su cara. Traté de calmarla, consolarla y decirle que era momento de sentarnos porque acababa de llegar la profesora a la sala. Ya habría tiempo para hablar con ella.
Durante el almuerzo, intentamos hablar con ella, pensamos que cuatro amigas harían que lo dejara, que se alejara de un hombre golpeador y que si le permitía esto otra vez, volvería a ocurrir. Mili dijo que lo tenía claro, que lo iba a dejar y que eso no sucedería otra vez.  Efectivamente, no volvió a ocurrir… dentro de las siguientes dos semanas.
Cada mes ella llegaba al colegio con una mano marcada en su rostro, un moretón en su ojo o un pellizco en el brazo. Si bien al principio generaba preocupación, con el tiempo comenzaba a generarse cierta indiferencia ante esto. No importaba cuanto tratáramos de ayudarla, ella siempre volvía con él. Recuerdo que la última vez que me preocupé, se dio el siguiente diálogo:
- Mili, tienes un moretón en el ojo, esto ya no está bien, se pasó de todos los límites.
Ella contestó:
- Él lo hace por mi bien. Tu pololo quizás te diga lo que le molesta de otra forma y yo no te digo nada. Esteban lo hace por mi bien, y te pido que lo respetes.
Sé que el golpeador y enfermo era él, pero ella pudo dejarlo. Nunca lo dejó, siguen juntos, y la última vez que la vi tenía un moretón en su mentón.

No, los hombres no son lo peor, lo peor es el miedo a actuar, y en este caso, el miedo consumió a una de mis mejores amigas, que pensaba que una relación sana se basaba en golpes y amenazas. La desigualdad de género la hacemos todos, no sólo los hombres. Esa mujer que piensa que un golpe es para “mejorar la relación”, es la misma que aguantará que el padre de sus hijos los golpee para corregirlos.  Educará a su hija para que viva así, con miedo a los hombres golpeadores, o peor aún, con el pensamiento de que la mujer debe obedecer al hombre.

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