29 de abril de 2015

Gira de estudios



Esa mañana me desperté con la esperanza de que ese día fuese distinto a los otros, y vaya que lo fue; sin duda alguna siempre lo recordaré. Tenía 16 años y estaba en mi gira de estudios en Brasil, fuimos por una semana y nos alojamos en un hotel en el balneario Camboriú con mi curso del colegio. Los primeros días me había sentido incómoda por lo que quería despejarme, relajarme y disfrutar de esa experiencia. Cuando llegamos a nuestro destino, tuvimos todo un día libre para instalarnos en el hotel y aproveche esa instancia para recorrer el lugar. Las piezas del piso en donde me alojaba nos correspondían a nosotros, las cuales fueron distribuidas a los grupos de amigos que se formaron para ser compañeros de habitación. Curiosamente una de esas piezas no era ocupada por ninguno de mis compañeros, sino por un grupo de amigos de un colegio de Linares que también estaba de gira de estudios, y que al igual que nosotros, tenía un piso destinado uno más arriba. 

Cuando decidí ir a inspeccionar, apenas salí de mi habitación escuché música en el pasillo. Me acerqué y me percaté que provenía de la pieza del grupo de amigos del otro colegio, de los cuales particularmente uno llamó mi atención. Luego en la noche estaba lista para dormir, cuando de repente tocan la puerta; mi compañera de pieza se acerca a abrir y me dice “te vienen a ver”. Perpleja, veo entrar a ese niño de Linares más tres de sus amigos que se sentaron a hablar con nosotras un rato, pero luego me empecé a sentir incómoda, incluso culpable, así que les pedí que se retiraran.

A la mañana siguiente estábamos todos listos para salir a Florianópolis, y antes de subirme al bus uno de los apoderados que nos acompañó en la gira de estudios, el papá de una compañera, se acercó y me dijo: “Javiera, vi anoche salir a tres niños de tu pieza que no eran tus compañeros de curso, ¿Sabes que eso está mal no?”. Le explique que no fue mi culpa y que trate que se fueran lo más pronto posible y que incluso estábamos con la puerta abierta, pero él no se mostró muy conforme con mi respuesta. “Eres una señorita, se ve bien feo que traigas a tu pieza a un grupo de niños, no habla bien de una niñita respetable como lo eres tú. No sé qué diría tu papá en estos momentos…”.

¿Perdón? ¿Ser señorita? Esa crítica llena de sexismo logró hacerme sentir tan culpable, me sentía la peor persona del mundo, me hizo cuestionar los “valores” que me habían entregado mis padres, sentí que los había decepcionado. Me sentí una “mala mujer”. Ahora que lo pienso luego de 6 años, ¿Mala mujer? ¿Mi conducta merecía aquella crítica destructiva hacia mi persona? ¿Por qué a ellos no les dijeron nada por entrar a la pieza de dos niñitas? Encuentro injusto que por ser mujer tenga que abstenerme de ciertas prácticas para cuidarme del “qué dirán”, que tenga que estar preocupada por agradar al resto, arraigada a los cánones de lo que se considera “femenino”, sujeta a los moldes preestablecidos y encontrarme satisfecha con ello. Me sorprende de sobremanera que en ese momento tuviera tan interiorizado los patrones de conducta dictados por el patriarcado, que incluso antes que me reprendieran, ya sentía ese sentimiento de culpa convencida de que estaba haciendo algo indebido. Esto no es más que un ejemplo de la forma en cómo se reproduce el rol de la mujer en esta sociedad, en la cual vemos a una mujer supeditada al rol activo del hombre y puesta en posiciones de subordinación, dando mayor importancia a lo masculino sobre lo femenino.  

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