28 de abril de 2015

Mano de Monja


La verdad jamás me he considerado un hombre creyente del todo en algún tipo de divinidad. Poseo una formación judía y católica en términos valóricos gracias a la herencia de mis padres, pero más allá de identificarme con estos presupuestos solo en términos de coexistencia con el otro, la creencia por una figura superior cada vez es mas difusa en mi mente. Bueno, dejando de lado lo anterior, el año pasado durante la celebración de Navidad, mas específicamente Noche Buena, se cumplía el primer aniversario de la muerte de mi abuela materna, generando cierto misticismo alrededor de estas fechas  por la relevancia e importancia de la familia en términos de unión, solidaridad y apoyo innegable frente a futuras adversidades. La sensación por la situación venidera no era mas que la de un agridulce porvenir, el cual se acrecentaba en un extremo por el recuerdo de mi querida Oma en constante relación y en cierta medida opacado con esas ganas innegables de querer mantener siempre cohesionado el grupo familiar.

Había gran tristeza por parte de mi madre y sus hermanos por la reunión que los evocaba a revivir el espíritu de su progenitora, razón por la cual y sin mediar tan fuertemente en sentimentalismo, fuimos los nietos quienes tratamos de tomar las riendas para concretar aquella tradición que recordábamos con tanto cariño desde antaño, la cual vivía amparada bajo el simbolismo de una mujer que ya se había marchado. Quisimos sorprender con una gran comida y arreglos para todos los asistentes, motivo por el cual dividimos tareas entre primos. Extrañamente, tal vez a ojos de los mas tradicionalistas, fue tarea mía encargarme de la cocina, relegando a mi hermana y prima a adornar y embellecer otros aspectos de ese día.

Siempre sentí cierta pasión por las cosas que evocan placer y exacerban los sentidos, pasando a representarse de esta manera la comida y el entorno asociado como objetos de comprensión y encanto, los cuales fueron generando así un sentimiento de hambre por aprender a dominar los aspectos de aquel mundo. Aquellas técnicas o mejor dicho “recetas”, al momento de entrar en uso el día de Noche Buena, ya estaban bastante pulidas para poder sorprender en cierta manera a la familia. Con el tiempo en contra, empezando tarde a comprar los ingredientes y sin todavía una noción concreta sobre que hacer, encontré inspiración en los sabores de mi pasado, recordando de esta manera comidas tradicionales cargadas con emotividad y sentimentalismo, buscando en cierto sentido despertar a mi Oma por medio de los sabores percibidos.

Ya entrada la tarde y con el comienzo del arribo de mis familiares, la meta de concretar los platos estaba realizada por suerte para mí fortuna y para el apetito que traían todos. Sin hacer gala de nada, me dedique meramente a compartir con mis mas cercanos y queridos mientras esperábamos por abordar la mesa, sentimiento que se acrecentaba a medida que se acercaba la noche y se esfumaba ese día. Al momento de degustar aquello que había creado, percibí cierta sensación de encanto y satisfacción por parte de mis tíos, quienes no escatimaron en hacer comentarios como “Esto está muy sabroso” o en términos mas nacionales “Tiene mano de monja LA que cocinó esto”.

Frente a tal entusiasmo mi alegría era innegable tanto física como mentalmente. Respondí a sus dichos mostrándome como el creador de aquello que les había provocado placer, generando sorpresa ante los ojos de los hombres de mi familia, quienes no paraban de invadirme con preguntas y comentarios sexistas. “No te acostumbres a ese ambiente, que tal vez te dejan de gustar las mujeres” o “Que raro gusto para un hombre” fueron sus expresiones mas recurrentes, buscando hacerme entender bajo sus criterios tradicionales y formativos que tal vez estaba encausando mal mis gustos y tal vez en un sentido más estricto mi propio futuro y destino. Solo pude responder desde el placer que me evoca la comida como principal defensa, sin mas argumento que un gusto que apasiona sin razón. Por suerte las mujeres en mi familia estaban mas que impresionadas, exacerbando en cierta manera un sentido de excepción y extrañeza el cual alababan y encontraban llamativo en un hombre, calmando de esta manera alguna inquietud o duda respecto a aquella “condición” extraña que presenciaban los hombre que me rodeaban.

Tal vez el sexismo que más nos choca o influencia es aquel que percibimos desde nuestro núcleos primarios. El hogar como lugar de cohesión y unión, por lo menos en mi caso, hacia una fuerte presencia mientras se desarrollaban mis sentidos perceptivos y pasionales, funcionando como un patrón encauzador frente a posibles desviaciones morales e intelectuales. Nunca había sido necesario que un hombre se encargara de cocinar en mi familia y probablemente este sea el motivo de semejante reacción ante la extrañeza por parte de mi tíos. Solo en el momento en que revele la sorpresa me di cuenta de los tabúes que los agobiaban, quedando perplejo frente al pensamiento que develaron, tal vez a modo de broma pero con fundamentos enraizados en mas de 40 años de sus experiencias propias.


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