La
noche del viernes que recién pasó decidimos, con unos amigos, ir a tomar
algunos tragos a Bellavista. Era de noche, habrán sido alrededor de las 23:00
hrs, cuando entramos en el local (del cual nunca supe el nombre) y acaparamos
tres mesas para nosotros en una de las zonas permitidas. Hasta aquí no había
ocurrido nada que me llamara la atención, al menos no hasta que vimos entrar a
un travesti en el lugar, saludando a los dueños y dándose vueltas de una mesa a
otra, saludando a algunos de sus conocidos. De todas formas, las historias que
cada uno tenía para contar parecían ser más interesantes que lo que pasaba
alrededor.
A
medida que fue pasando el tiempo, comencé a fijarme junto con mis amigos que
habían muchas parejas, la mayoría homosexuales, tanto de hombres como de
mujeres. Lo primero que me llamó la atención fue la reacción que tuvieron ellos
frente a la primera pareja de lesbianas de las que nos percatamos, en
comparación a la reacción que tuvieron frente a la primera pareja de hombres
homosexuales que divisamos cerca nuestro. Frente a la primera pareja no surgieron
muchos comentarios. “Ah, son lelas”,
y nada más fue dicho sobre ellas, mientras que frente a la pareja de hombres
(que estaba sentada al lado nuestro) las reacciones fueron de mayor impresión,
bordeando el desagrado. “Oh cacha,
esos hueones son huecos”, y algunos rieron, como si estuvieran viendo algo muy
novedoso para ellos. Pero mi verdadera sorpresa fue cuando comencé a sentir
algunas miradas sobre mí. Al mirar alrededor pude apreciar que dos hombres me
miraban desde distintos puntos y de manera constante; uno de ellos, el que
estaba justo frente a mí, en una mesa que estaba detrás de un amigo mío, debía
tener unos treinta años, mientras que el segundo, sentado en una mesa que daba
hacia el lado izquierdo en diagonal respecto de la nuestra, debía tener unos
veintitrés. La verdad es que me sentí incómodo, más por el hecho de que no soy
del tipo de persona que por lo general acapare muchas miradas que por el hecho
de que fueran hombres. En sí, me considero una persona bastante abierta de
mente en cuanto a temáticas de diversidad sexual, pero nunca me había pasado
algo así.
Esa
noche me había afeitado al ras, y llevaba una camisa de mezclilla clara, junto
con una polera ajustada de color naranjo y unos jeans azules oscuro. Al
comentarle a un amigo lo incómodo que me sentía por las miradas, él me dijo que
era totalmente justificable que me miraran, primero porque ellos eran gays, y
segundo, porque según él igual tenía “pinta
de gay”. Me lo tomé con humor y le pregunté por qué decía eso, a lo que me
contestó que era porque estaba muy arreglado, y andaba con ropa media ajustada.
Además no tenía la barba larga que a veces me dejo y estaba ocupando colores “demasiado claros”. “Es que te veí’ muy bien ‘hueón’, como muy ‘arregladito’ en verdad”
La
verdad me llamó la atención lo que me dijo, y me hizo recordar lo que se
conversó en el diálogo sobre los espacios de sociabilidad homosexual. Volví a
considerar la idea de que muchos jóvenes tienen una determinada idea de cómo
luce un homosexual y cuáles son los códigos que debe seguir para considerarse como
tal. Dicho esto, se podría considerar que, más allá de las nociones
pre-establecidas sobre los códigos para distinguir a un homosexual de un
heterosexual, podría establecerse una mirada reflexiva sobre el papel que
cumplen ciertos factores como la vestimenta, la música y el lenguaje corporal
en la interpretación de los individuos frente a lo homosexual, más allá de
considerar estas nociones como un algo pre-concebido, debido a que esto nos
conduce a una mirada reduccionista al momento de analizar la proveniencia de
estas nociones.
Dicho
esto, ¿De dónde surge la idea de estos factores como definidores de lo
homosexual? ¿Cómo establecer líneas limítrofes entre las características pre-concebidas
de lo homosexual y lo heterosexual? Dos de las preguntas que me surgieron
aquella noche, mientras me ponía la chaqueta de cuero para verme “más heterosexual”.
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