En la presente entrada quisiera enfocarme sobre las libertades que se dan en general algunos hombres de dirigirse hacia las mujeres, bajo un contexto callejero.
A toda mujer nos ha pasado que nos han dicho cosas mientras caminamos en la calle, desde un saludo, una ofensa o algún piropo subido de tono. Yo me pregunto ¿Con qué derecho los hombres se expresan de esta forma? Nos hacen sentir como si ellos tuviesen la facultad de poder expresarse del modo que quieren y hacia quienes ellos deseen.
Quisiera dar énfasis a una ocasión que me ocurrió este año junto a mis compañeros de carrera. Estábamos todos en busca de carrete, en vista que se había cancelado a último minuto la fiesta de bienvenida de la Universidad. Nos dividimos, algunxs decidieron ir al Parque Intercomunal, mientras que los otrxs (y entre esos estaba yo) decidimos ir a dar una vuelta por la Universidad de Santiago, donde comúnmente hay espacio para distraerse, poder beber, fumar y compartir dentro de un espectro universitario. Decidimos irnos en micro, nos bajamos un poco antes de la Universidad de Santiago y nos pusimos a caminar todos juntos. La verdad es que en ese entonces aún me estaba volviendo a adecuar al ritmo de la capital, puesto que todo el año anterior estuve en mi ciudad natal junto a mi familia en Talca, donde curiosamente se suele caminar a un ritmo más pausado que el de Santiago. (Es curioso cómo es que a cada provinciano cuando recién llegan a vivir a Santiago se encuentran con este mismo problema) En fin, yo iba caminando un poco más atrás junto a un buen amigo y compañero de generación, cuando en medio de un grupo de personas que iban caminando rápidamente por la vereda, noto que un hombre estaba detrás de mí hace un buen rato, él llevaba consigo una especie de carro de fierro donde se suelen transportar cosas de carga pesada, calculo que aproximadamente debió haber tenido unos cuarenta y tantos años. Seguí caminando sin prestar mayor atención al hombre, y luego comienzo a notar que me chocaba constantemente los pies con su carro, exclamé “¡Ay!” un par de veces para que se percatara que su carro me estaba lastimando pero continuó chocándome los talones como si nada estuviera pasando. Intenté caminar a un ritmo más acelerado, pero la situación persistía. Llega un punto en que él pierde la paciencia entre el la gente y me exclama “¡Mueve la raja no veís que algunos tenemos que trabajar!” yo me hice a un lado desconcertada, me sentí violentada, vulnerada, me había faltado el respeto. Nunca me habían tratado así me quedé muda pensando qué hacer, si responderle y caer en lo mismo, esperar a que alguien le dijera alguna cosa o decirle a carabineros que se encontraban realmente cerca. Finalmente no se hizo nada al respecto, nadie siquiera se inmutó, incluyendo a mis compañeros y a carabineros que supuestamente deben resguardar la seguridad de los ciudadanos.
Considero esto como una experiencia sexista, dado a que primero el hombre se sintió con toda su facultad, derecho y libertad de faltarme el respeto, de insultarme siendo que claramente no era un acto intencional y no soy nada más que una estudiante indefensa sin estar hiriendo a nadie. Por otra parte, el sexismo que se expresa de manera indirecta al naturalizar esta clase de actos, porque supongo que dado a que nadie hizo absolutamente nada, nisiquiera se inmutaron ante la situación, les resulta algo absolutamente común y parte de lo que se vive cotidianamente en la vía pública. Y finalmente, considero que yo tampoco tomé cartas en el asunto por miedo a qué podría ocurrir después, ¿Qué pasa si este hombre se hubiese puesto aún más violento en vista que una mujer le respondiera e increpara frente a sus actos? Es ese miedo constante con el que las mujeres vivimos, de sentirnos vulnerables frente a lo que un hombre nos puede hacer, así que comúnmente optamos por callar y quedarnos con estas experiencias que marcan, más allá de ser un mal rato vivido durante un día cualquiera.
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