Se podría decir que soy una persona perteneciente a ciertas
rutinas, o por lo menos trato de vivir bajo la ficción de perseguir alguna
inevitablemente coherente y propia del estilo de vida que habito. Una de esas
cadenas comunes radica en las formas de movilización que utilizo, dándose a
entender el transporte publico como el principal suplidor de esta necesidad
continua de movimiento urbano. A modo de espacialidad, los pasos y trayectos
que transito en esta urbe están marcados en primera instancia por esa innegable
necesidad de esparcimiento y recorrido a modo vitalista por parte de un
transeúnte deseoso de habitar y albergar la mayor cantidad de parejas que
Santiago ofrece.
Saliendo de este espectro personal de la vivencia, el
transporte en una primera instancia se nos presenta como un indudable factor de
beneficio ciudadano por medio de las constantes conexiones que se generan en el
entramado social de la ciudad, generando unión al mismo tiempo que
desligamiento si es que se busca migrar hacia otros puntos desconocidos de la
metrópolis. El hecho de la existencia de un sistema de movilización, no
necesariamente implica una determinada forma de acción entre las individuales
que participan de esto. En este sentido, las relaciones entre genero, edad o
situación social dentro de estos espacios se ven cubiertas e inciertas en
términos de una legalidad existente, pues es la misma ética propia de cada
humano en relación con ciertos patrones morales comunes los que van a regir
desde los idearios los comportamientos que se suponen “esperados”.
Aquellos que recurrimos constantemente a estos espacios,
somos participes de estos procesos mentados de manera directa o indirecta.
Desde mi experiencia, la problemática y el entendimiento de la caballerosidad
siempre ha sido un tanto nebulosa en términos de donde esta ha de emanar y como
ha de ser exigida, a la vez que cumplida, por parte de la sociedad. Pensar en
términos de caballeros y damas inevitablemente genera un sentimiento de
separación sexista entre los géneros, siendo cada parte propia de determinados
comportamientos y actitudes para adquirir esta categoría socialmente “deseada”.
A modo de ejemplo, el martes pasado al momento de recorrer
el espacio urbano hacia la universidad, mas particularmente cuando iba a
comenzar mi viaje en metro, me encontré presa de un profundo cansancio debido
al escaso sueño. Siempre abordo el tren en la estación Los Dominicos, razón por
la que generalmente siempre encuentro algún asiento disponible debido a que los
trenes llegan vacíos. Encontré mi lugar junto a una puerta e inevitablemente comencé
a dormitar conforme el tren realizaba su viaje. En aquel punto entre sueños y
realidad, cuando los pensamientos se empiezan a hacer mas palpables a la vez
que el mundo material se comienza disipar de a poco del poder de nuestros
sentidos, es que las puertas se abrieron de estrepito en la estación Tobalaba,
seguidas por la gran afluencia de personas que buscaban conexión con aquella
línea que transitamos tantos.
No quise abrir los ojos, no quería ver el mundo todavía, el
peso de la maravilla del sueño acompañado de la música que invadía mis oídos
era demasiado placentera como para querer hacerme parte de la realidad que me aquejaba.
Entre pensamientos e ideas, sentí que un grupo de piernas estaban cada vez mas
en contacto con las mías, acompañadas en sus movimientos por una voces
femeninas profundas y bochornosas a modo de queja. Moví un poco mis audiófonos
para escuchar con mas claridad aquello que murmuraban a modo de aquelarre, solo
para escuchar en forma concreta expresiones como: “Va demasiado lleno esto, mas encima estos hombres van durmiendo” ,
o a modo mas empeñoso, “Ya no quedan
caballeros en esta ciudad, ningún respeto por las mujeres mayores”.
No sabia si era un ataque hacia mi persona en particular,
por lo que a modo de acto seguido comencé por abrir lentamente mis ojos. Al
percatarme que desde las piernas que sentía en mi cercanía se encontraba el
lugar desde donde emanaban efectivamente estas criticas, me volví participe en
el acto de aquellas señoras mayores pasando a observarlas fijamente en los
ojos. No pude formular palabra alguna, pero su inminente silencio a la hora de
percatarse de mi presencia atenta frente a sus anteriores palabras, fue
suficiente pretexto para dar por entendido que había comprendido su mensaje. No
quise ser “poco caballero” por decir menos, así que sin emitir queja alguna en
el momento, pase a ofrecerle el asiento a una de estas señoras, las cuales se
negaron rotundamente dando excusas como “tranquilo,
voy bien” o “me bajo en la próxima
estación”.
Continúe mi viaje sin poder volver al sueño que había podido
concretar en un principio. El doble estándar de aquellas señoras me despertó de
lleno al igual que un balde de agua fría, manteniendo mi mente bajo un estado
de duda respecto a nuestra capacidad para buscar y exigir respeto. Estoy a
favor y encuentro correcto ceder el asiento a la gente mayor, pero ¿Qué pasa
cuando el respeto es exigido en vez de emanar automáticamente por la persona?
¿Acaso es exigible un patrón de comportamiento como la caballerosidad a nuevos
espacios donde tal vez nunca fue visualizada o comprendida? ó ¿deberíamos exigir
legislaciones fuera de los planos éticos y morales para formar damas y varones?
Sea cual sea la respuesta a las interrogantes anteriores, lo
que si queda al descubierto en forma casi inevitable es el poco entendimiento
real que existen ante estos casos de acción entre géneros. No tenemos claridad
respecto a como deben ser nuestras relaciones como humanos a nivel de edad,
genero y clase social, a la vez que la participación e influencia que pueda
ejercer el derecho civil sobre estos temas es solo una mera ficción existente. De
haberme percatado de la presencia de aquellas señoras, quizás mi reacción mas
obvia hubiera ser cederles el asiento. Pero esta es solo mi opinión, pues deben
existir múltiples casos, quizás mayoritarios, en que pasamos a llevar al resto
sin querer darnos cuenta debido a lo inmersa que se encuentra nuestra mente en
el mundo del individualismo.
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