Hace unos meses salí con mi actual pololo junto con sus amigos a bailar, llegamos a la disco, bailamos un rato y luego fuimos a conversar. Acompañados de unos tragos, sin darme cuenta la conversación se empezó a desviar y se centró en un tema particular: “¿Qué somos?”. Hasta ese entonces no estábamos pololeando, pero nos llevábamos conociendo hace algunos meses, por lo que la confianza había llegado a un punto en el que se hacía cada vez más fácil expresar nuestras opiniones y hablar sin tapujos.
Comenzamos hablando de la fiesta, de los lugares en los que habíamos estado hasta ese entonces disfrutando de nuestras vacaciones, contamos anécdotas, y así nos empezamos a poner al día en varios temas ya que, a pesar de que nunca perdimos el contacto, hace semanas que no nos veíamos. Así que mientras le hablaba eufóricamente de lo primero que se me venía a la mente, llegando a pensar en voz alta y con una carencia de filtro considerable, él se sumerge en una reflexión sobre el tiempo que llevábamos juntos.
Siempre me he caracterizado por expresar y exteriorizar de forma explícita mis emociones y pensamientos, y esta vez no fue la excepción. Apenas se presentó esta coyuntura, no dudé en dar a conocer mi postura al respecto. Le planteé que no me causaba extrañeza el nivel al que había llegado nuestra confianza, de hecho me parecía bastante válido considerando todos los antecedentes, y frente a esto ambos concordamos con el aspecto formal que había adquirido la relación. Entonces mi análisis fue el siguiente: “Llevamos 4 meses juntos lo cual no es menor, de hecho te comportas como un pololo, eres mi ‘pseudopololo’, así que quiero romper con todos los ‘esquemas heteronormativos’ y decirte que considero que deberíamos pololear”. La respuesta que me dio me tomó por sorpresa: “Esperemos ¿Ya? No es el momento, estamos todos tomados y más encima en una disco en donde apenas escucho lo que me dices, quiero ser yo el que pida pololeo y en una situación que sea para recordar”. El escenario era claro: primera vez que le pido pololeo a alguien y me rechazan. Sin embargo, el enfatizó que no era un rechazo y señaló: “El hombre es el que debe pedir pololeo”.
No pude evitar reírme ante semejante respuesta, me cuesta entender por qué se debe considerar “correcto” que el hombre sea el que pida pololeo. Entonces, si quiero pololear ¿Tengo que esperar pacientemente a que el hombre tome la iniciativa? Al final, independientemente del momento en que yo desee pololear, al estar sujeta a estos moldes preestablecidos mi libertad de elección se ve restringida. Encuentro absurdo verme obligada a reproducir estas pautas de conducta que obedecen a este sistema patriarcal, expuesta a una lucha de poder en el que evidentemente el hombre es el que tiene el poder y la dominación. Encuentro absolutamente injusto que mi actuar y mi derecho a decidir se vean limitados y se reduzcan meramente a una actitud sumisa. Considero que este es otro ejemplo de una experiencia claramente sexista, que coloca nuevamente a la mujer en posiciones de subordinación, supeditada al rol activo del hombre, limitada en su accionar y condicionada a una estructura en la que los hombres interiorizan los roles de dirección y ejercicio del control de la relación.
Sé que no lo haré cambiar de parecer, y aunque pensemos muy distinto considero que esta es una buena oportunidad para romper con estos tópicos, al dar cuenta de actitudes sexistas, que como bien se puede observar en este caso, provienen de personas con las que me relaciono día a día, de jóvenes que aún tienen interiorizados los estereotipos que deben seguir.
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