19 de mayo de 2015

Una pareja "moderna"

Recuerdo que era una tarde calurosa de verano. Caminaba con mi pareja cerca del metro Pedro de Valdivia por la avenida de Nueva Providencia. Después de merodear por la comuna habíamos decidido buscar un lugar para comer algo y pasar un momento juntos. Le recordé aquel lugar al que algunos años atrás habíamos ido a tomar unos jugos naturales que le habían encantado. Llegamos al lugar y, al parecer, los jugos ya no estaban. El local, de todas maneras, era agradable; se presentaba como un espacio reducido tipo “pequeña cafetería” en donde sólo podías comprar productos de una vitrina-refrigerador para postres, pero estaba separado por un ventanal adornado con algunos maceteros con flores de variados colores de una zona de mesas metálicas al aire libre con algunos quitasoles color beige encima de éstas. Nos sentamos en una de las mesas cercanas a los límites de la reja que separaba dicha zona con el resto del espacio urbano y terminamos pidiendo un café (de pronto la tarde ya no parecía tan calurosa como pensábamos). Yo pedí un pie de limón y ella se conformó con una tartaleta de manzana que le pareció bastante desabrida y que terminé comiéndome yo.


Después de un tiempo nos dimos cuenta de que el lugar al que queríamos ir era exactamente el local que estaba al lado del cual nos habíamos sentado, hecho que nos causó gracia hasta que vimos cómo un mesero le servía los famosos jugos a unas personas en una mesa, pero ya nos habían servido los cafés y los postres y nos daba algo de lástima irnos al local de al lado a comprar siendo que ya nos habían dado los productos, así que claro, nos conformamos y dejamos que se pasara la tarde entre risas y miradas que lograron que ignoráramos el hecho de la tartaleta desabrida y los jugos deseados.

Al cabo de un tiempo, decidimos irnos a su casa, así que esperé a que el mesero mirara cerca de nuestra mesa y le pedí la cuenta. En el momento en que vino, le pedí que trajera la máquina para pagar con la tarjeta. Camila, mi pareja, iba a pagar y yo le iba a devolver la mitad. Generalmente así lo hacemos, sólo que la mayoría de las veces yo soy el que paga y ella me devuelve después. Nada sexista, sólo yo soy el que anda con plata en la billetera y me toca. Esta vez ella andaba con dinero.

Cuando apareció el mesero (un chico de unos 27 años, con una polera de Iron Maiden), me entregó automáticamente la boleta y la máquina, a lo que yo respondí con una leve sonrisa y le dije “no, no, yo no voy a pagar. Paga ella” y le di una mirada a Camila. El mesero literalmente se descolocó, quizás de forma un poco exagerada. Se rió y nos pidió disculpas. Su justificación fue que “no está acostumbrado a que paguen las mujeres. Los que pagan son los hombres”. Camila sonrió y le dijo con gesto de broma “es que nosotros somos modernos”, y pagó.

Está demás mencionar lo extraño que me resultó la situación, pero me hace dirigir la mirada a ciertos atisbos de la idea del “hombre-proveedor-del-hogar” al que hacen mención tantos textos que refieren a las relaciones entre los hombres y mujeres del siglo XX chileno en especial. No es de exagerado, pero siento que el simple gesto de estar presionado socialmente por pagar mi parte y la parte de mi pareja (mujer, por cierto, ya que sería distinto si ésta fuera hombre) se presenta como producto de la reproducción de patrones socioculturales tradicionalistas que refieren a la mujer como un individuo exento de ciertas acciones sociales sobre las que no tendría por qué estar exento.


De igual forma, el comentario de “es que somos modernos” de mi pareja me hace pensar en un conflicto paradigmático permanente entre interpretaciones tradicionalistas de la sociedad y nuevas perspectivas frente a la relación entre géneros y la obtención de derechos. No se trata de “darles derechos”, se trata de respetar el empoderamiento de derechos que deberían ser inmanentes para cada ser humano, independiente de su género. 

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