Recuerdo
que era una tarde calurosa de verano. Caminaba con mi pareja cerca del metro
Pedro de Valdivia por la avenida de Nueva Providencia. Después de merodear por
la comuna habíamos decidido buscar un lugar para comer algo y pasar un momento
juntos. Le recordé aquel lugar al que algunos años atrás habíamos ido a tomar
unos jugos naturales que le habían encantado. Llegamos al lugar y, al parecer,
los jugos ya no estaban. El local, de todas maneras, era agradable; se
presentaba como un espacio reducido tipo “pequeña cafetería” en donde sólo
podías comprar productos de una vitrina-refrigerador para postres, pero estaba
separado por un ventanal adornado con algunos maceteros con flores de variados
colores de una zona de mesas metálicas al aire libre con algunos quitasoles
color beige encima de éstas. Nos sentamos en una de las mesas cercanas a los
límites de la reja que separaba dicha zona con el resto del espacio urbano y terminamos
pidiendo un café (de pronto la tarde ya no parecía tan calurosa como
pensábamos). Yo pedí un pie de limón y ella se conformó con una tartaleta de
manzana que le pareció bastante desabrida y que terminé comiéndome yo.
Después
de un tiempo nos dimos cuenta de que el lugar al que queríamos ir era
exactamente el local que estaba al lado del cual nos habíamos sentado, hecho
que nos causó gracia hasta que vimos cómo un mesero le servía los famosos jugos
a unas personas en una mesa, pero ya nos habían servido los cafés y los postres
y nos daba algo de lástima irnos al local de al lado a comprar siendo que ya nos
habían dado los productos, así que claro, nos conformamos y dejamos que se
pasara la tarde entre risas y miradas que lograron que ignoráramos el hecho de
la tartaleta desabrida y los jugos deseados.
Al
cabo de un tiempo, decidimos irnos a su casa, así que esperé a que el mesero
mirara cerca de nuestra mesa y le pedí la cuenta. En el momento en que vino, le
pedí que trajera la máquina para pagar con la tarjeta. Camila, mi pareja, iba a
pagar y yo le iba a devolver la mitad. Generalmente así lo hacemos, sólo que la
mayoría de las veces yo soy el que paga y ella me devuelve después. Nada
sexista, sólo yo soy el que anda con plata en la billetera y me toca. Esta vez
ella andaba con dinero.
Cuando
apareció el mesero (un chico de unos 27 años, con una polera de Iron Maiden),
me entregó automáticamente la boleta y la máquina, a lo que yo respondí con una
leve sonrisa y le dije “no, no, yo no voy
a pagar. Paga ella” y le di una mirada a Camila. El mesero literalmente se
descolocó, quizás de forma un poco exagerada. Se rió y nos pidió disculpas. Su
justificación fue que “no está
acostumbrado a que paguen las mujeres. Los que pagan son los hombres”.
Camila sonrió y le dijo con gesto de broma “es
que nosotros somos modernos”, y pagó.
Está
demás mencionar lo extraño que me resultó la situación, pero me hace dirigir la
mirada a ciertos atisbos de la idea del “hombre-proveedor-del-hogar” al que
hacen mención tantos textos que refieren a las relaciones entre los hombres y
mujeres del siglo XX chileno en especial. No es de exagerado, pero siento que el
simple gesto de estar presionado socialmente por pagar mi parte y la parte de
mi pareja (mujer, por cierto, ya que sería distinto si ésta fuera hombre) se
presenta como producto de la reproducción de patrones socioculturales
tradicionalistas que refieren a la mujer como un individuo exento de ciertas
acciones sociales sobre las que no tendría por qué estar exento.
De
igual forma, el comentario de “es que
somos modernos” de mi pareja me hace pensar en un conflicto paradigmático
permanente entre interpretaciones tradicionalistas de la sociedad y nuevas
perspectivas frente a la relación entre géneros y la obtención de derechos. No
se trata de “darles derechos”, se trata de respetar el empoderamiento de
derechos que deberían ser inmanentes para cada ser humano, independiente de su
género.
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