A lo largo del semestre hemos escrito varias entradas en
este blog titulado “Sexismo a Diario” y que han presentado, a través de una
visión global y analítica las formas de reproducción de la desigualdad de
género presentes en variadas esferas de nuestra vida social. Sin duda alguna
que todos presenciamos a diario algunas de estas formas, quedó plasmado en los
escritos de los compañeros que la desigualdad se reproduce en ámbitos
familiares, laborales, entre amigos, en la televisión, en la publicidad etc.
Personalmente donde más tengo la posibilidad de ver estas formas de
discriminación es en mi trabajo y es por esto que mis experiencias de
desigualdad respecto al género giraron en torno a este ámbito. Dos casos son
los que más llamaron mi atención, en primer lugar el de Camila quien fue
fuertemente resistida por la gerencia de la empresa al ser propuesta por
nosotros como una posible encargada de estadio de futbol y el caso de Yasna, quien
una vez que Camila abrió las puertas para el trabajo femenino en la empresa
tuvo que lidiar con la discriminación por parte de un cliente furioso que se
negaba a tratar con una mujer.
Estos casos demuestran como la discriminación de género está
presente y muy latente en el ámbito laboral. Lo interesante de las situaciones
de Camila y de Yasna es que muestran una discriminación en dos dimensiones: por
un lado la que sufren las mujeres por parte de sus propios jefes y por otro
lado la que sufren por parte de la clientela de una empresa.
El sexismo aquí opera de manera auténtica y sin ninguna
máscara. En el caso de Camila por ejemplo vemos como la gerencia no solo
reproduce la idea sexista de que una mujer no puede estar en un cargo de
importancia, sino que pone de relieve la relación futbol/género. De esta
manera, Camila no podía ser encargada no solo porque una mujer no puede ser
encargada, sino porque además era un recinto de futbol (un “templo de la
masculinidad” como dije en aquella publicación). Se reproduce la idea de que un
recinto deportivo es un espacio netamente masculino y donde las mujeres quedan
naturalmente excluidas. Este tema de la relación futbol/género es
particularmente relevante pues estos últimos años es posible apreciar como las
mujeres se han abierto camino en este mundo al punto que hoy es posible decir
que el futbol es un deporte mixto. Por eso extraña que aun se reproduzcan
algunos de estos estereotipos sobre género.
El caso de Yasna
representa una situación similar. El cliente que no quiere que una mujer
solucione su problema de consumo de algún producto implícitamente está diciendo
que una mujer no puede estar a cargo, que una mujer no le va a dar una buena
solución, que esa es materia netamente masculina. Sin embargo este caso
representa una complejidad aún mayor pues es posible apreciar que no solo hay
una discriminación por parte del cliente, sino que por parte de todos los
actores involucrados en la situación. Cuando Yasna se niega a solucionar ella
el problema y me llama a mí para hacerlo se está auto-discriminando. Está
ejerciendo lo que Pierre Bourdieu llamaría una violencia simbólica, es decir “(…)
esa coerción que se instituye por mediación de una adhesión que el dominado no
puede evitar otorgar al dominante (…) cuándo solo dispone para pensarlo y
pensarse (…) de instrumentos de conocimientos que comparte con él y que hacen
que la dominación se presente como natural.” (Bourdieu, 1999) De esta manera
Yasna se está auto-violentando pues se reconoce inconscientemente dentro de una
estructura de dominación que ejerce coerción sobre ella y sobre sus relaciones
sociales y que la llevan de forma natural hacia la posición de dominada frente
a un dominador, en este caso masculino. El tercer actor de la situación, es
decir yo, al asumir el problema y dejar que el cliente no dialogue con Yasna
estoy reproduciendo las pautas de discriminación de género igualmente de forma inconsciente
y le doy la razón tanto al cliente en su afán discriminador como a Yasna en su
violencia simbólica inconsciente.
.- BOURDIEU, Pierre, Meditaciones Pascalianas, Ed. Anagrama, 1999. Pág. 224/225
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