El sexismo, es una actitud discriminatoria hacia una persona
por su sexo, y el acoso callejero, es un tipo de acoso sexual, que generalmente
no implica una relación entre la víctima y el agresor, son conductas como
silbidos, tocaciones, comentarios sexualmente explícitos, etc. Que generalmente
se dan en lugares públicos. Ambos se reproducen a través de diversos mecanismos
que legitiman la desigualdad.
El acoso callejero, no es masivamente considerado un
problema, o violencia, ya que hay personas que legitiman esta práctica a través
de una visión de que es una práctica natural y cotidiana, sin poner en cuestión
lo que puede generar en las víctimas.
En mis blogs he identificado dos situaciones de acoso
callejero, una en una fiesta juvenil en donde recibí un agarrón de trasero por
parte de un tipo que no conocía, y otra en donde un grupo de adolescentes que
iban en el transporte público evaluaban sin cuidado a cada mujer que se les
cruzaba por la forma de su trasero. Además de la práctica sexista específica,
en cada situación hubo además una legitimación de personas cercanas hacia
aquellas agresiones que consideraban “naturales” y “cotidianas”.
Este tema es muy importante, por el hecho de que permite
reproducir las desigualdades sexuales y con ello conductas sexistas que muchas
veces son ignoradas, lo que conlleva a una visión acrítica sobre la legitimidad
de las practicas que ponen en una situación de desventaja a la mujer. En ese
sentido, reproduce las relaciones de poder de género, en donde generalmente el
hombre es quien tiene el derecho a pasar a llevar a la mujer, y a ella solo
tiene que dejar pasar estas situaciones.
Uno de los mecanismos cotidianos más fuertes que opera en
esta reproducción del sexismo, son los estereotipos que existen respecto a la sexualidad del
hombre y la mujer. En ellos se presenta al hombre como
quien demuestra su masculinidad a través de tener muchas parejas sexuales, ser quien
busca tener relaciones sexuales con su pareja, etc. Mientras que la mujer es
quien debe complacer a la pareja sometiéndose a sus decisiones sexuales, debe
ser sumisa, precavida, y solo tener una pareja sexual.
Estos estereotipos funcionan como mecanismo para reproducir
el sexismo a través del acoso callejero, ya que se ve a la mujer como una
subordinada sexualmente del hombre, como representante de un objeto sexual para
él, por lo tanto, crea una visión de que el hombre no puede controlar sus
deseos sexuales, que esa es su “naturaleza”, por lo tanto, no puede resistirse
a acosar a una mujer en la calle. Lo que permite legitimar una práctica de
acoso sexual a través de una supuesta esencia del hombre y la mujer, que
naturaliza que el hombre acose a la mujer, y ella se deje pasar a llevar.
Por otro lado, un mecanismo que permite legitimar estas prácticas
es el típico discurso de que las mujeres que usan ropa “provocativa” son las culpables
de ser acosadas. Este discurso justifica hechos de acoso sexual, incluso más
graves que el acoso callejero, argumentando que son las mujeres las culpables
de ser acosadas por el tipo de vestimenta que usan, ya que habría cierto tipo
de ropa que sería provocativa, y que por el mismo estereotipo que vimos anteriormente,
de que el hombre no puede contener sus deseos sexuales, se legitima que él se
vea provocado, como si la manera de vestir de la mujer les diera el derecho de
acosarlas, o como si ellas se vistieran precisamente para provocar a los
hombres.
En ese sentido, legitimar un acto de violencia contra una persona por
su forma de vestir, es un mecanismo de reproducción del sexismo que permite
invisibilizar y naturalizar el problema, ya que nos lleva a culpar a las víctimas,
legitimando que los hombres no puedan resistirse ante las mujeres que visten de
manera “provocativa”, es por ello que muchas veces a las mujeres se les dice cómo
deben vestir, que pueden y no pueden usar cuando salen a la calle, porque deben
cuidarse de los hombres, como si estos últimos fueran una especie de caníbales que
no pueden contenerse.
De allí el refrán, La mujer debe ser una dama en la calle, una señora en su casa y una prostituta en la cama, que
refuerza la idea de los roles de la mujer, que debe comportarse como una “señorita”
en público, y ser recatada respecto a sus deseos sexuales, además una señora en
su casa, es decir, hacerse cargo de las tareas del hogar, y el cuidado de los
hijos, y a su vez debe ser una prostituta en la cama, ósea debe satisfacer los
deseos sexuales del hombre en la intimidad.
Todos estos mecanismos, permiten legitimar la
visión de que la mujer es una subordinada sexual del hombre, mientras este último
tiene derecho de expresar su sexualidad públicamente, ver a la mujer como un
objeto sexual y acosarla por sus impulsos sexuales, de allí que se legitimen y
naturalicen prácticas sexistas, que permiten continuar reproduciendo la
desigualdad de género.
Es por ello, necesario hacer una reflexión crítica
acerca de las experiencias sexistas que vivimos a diario, y darnos cuenta de
que aquellos pensamientos, estereotipos y costumbres, nos llevan muchas veces a pasar por alto
estas situaciones, y a legitimar prácticas que debiéramos de cuestionar. Lo que
precisamente nos ha permitido la escritura de los blogs, que en ese
sentido ha sido un aporte a la comprensión de las desigualdades de género en
Chile, ya que ha permitido crear aquella critica, y hacer visible el carácter
sexista de nuestras experiencias cotidianas, para que no caigamos en la legitimación
de estas desigualdades y conductas en donde en general la mujer se ve
en una posición de desventaja, y el hombre se siente con el derecho de ejercer
un poder por sobre ella.
En ese sentido, creo que la reflexión crítica permite
desnaturalizar y deslegitimar estas prácticas sexistas que deberían dejar de
ser vistas como cotidianas y naturales y ser castigadas por la sociedad.
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