8 de junio de 2015

El Colegio: Faldas y pantalones.

Ha llegado el último blog, y con ello un recuento de todas las anécdotas que conté. No fue necesario revisarlas buscando un elemento común, pues comencé a escribirlos con la intención de mostrar cómo se produce la desigualdad de género en un lugar en particular: el colegio.
¿Por qué el colegio? Porque durante doce años de nuestras vidas, estamos allí, cada día, sentados con las mismas personas. Compartimos con ellos más que con nuestros hermanos, y los profesores conocen más de nosotros que  nuestros padres en algunas ocasiones. Es por eso, que el colegio me pareció el lugar ideal para buscar vivencias que evidencien la desigualdad de género existente en nuestra sociedad, además de permitirme identificar de qué manera estás se mantienen con el tiempo.
Cuando llegué a aquel colegio en el año 2010, jamás hubiese imaginado que sería el lugar en el que mayor desigualdad de género viviría y vería. Primero, el 2010 ocurrió lo relatado en los dos primeros blogs. ¿Qué tiene que haya ocurrido en el año 2010, es decir, cuál es el problema? El problema, es que teníamos entre 15 y 16 años, básicamente éramos niños. Niños que aplicaban la demarcación de género en el día a día, incluso en los actos del colegio.
Mi primer encuentro con esta realidad fue al ver una bandera rosada que decía Divis, dejando en claro que las mujeres debíamos ser “divas”, amantes del color rosado y del estereotipo de lo femenino. Luego en educación física, ese estereotipo se vio reforzado, pues las mujeres no debían hacer ejercicio ya que eso las haría sudar y por ende, se verían “sucias”, saliendo de su rol de mujeres modelo. Creo que esto es en realidad bastante común, pues en nuestra sociedad es recurrente asignar cierto rol a las mujeres y prácticamente “obligarlas” a mantenerlo, si bien no siempre se obliga con violencia física, la reprobación social es bastante violenta. Un claro ejemplo: “Las mujeres que hacen educación física son ahombradas”. Quizás sea una simple frase, pero esa pequeña frase marca a las adolescentes, diciéndoles quienes deben ser y cómo actuar. Con una simple frase, es posible cambiar la constitución de una persona, marcándola para siempre, pues ahora cada vez que alguna de esas niñas quiera hacer deporte o ejercicio, dejará de sentirse bella por el hecho de estar sudando.
En mi segundo blog, me referí a un acto en el que los hombres no debían organizar absolutamente nada, sólo seguir las órdenes de las mujeres, ya que ellas “tenían la capacidad de organizar una coreografía y un buen acto, pero los hombres no”. Lo llamé “Los hombres también pueden bailar”. Un poco dramático pero es la realidad, los hombres y mujeres tenemos las mismas capacidades y podemos usarlas sin que nadie nos haga sentir avergonzados. Los hombres tienen el derecho a poder bailar, a organizar algo y a participar de una actividad que socialmente es denominada para mujeres. Al parecer, estos ideales no encajaban en ese colegio, pues esa conducta no sólo ocurría en mi curso sino también en los demás y era considerado lo normal. Al finalizar aquel blog, concluí que la mujer que realizaba tales distinciones entre hombres y mujeres era la misma que en su hogar no permitía que el hombre lavara la loza, se encargara de la ropa sucia, del almuerzo o de los quehaceres en general. Sí, la misma mujer que dedicaría su vida al hogar, a los hijos y al marido, porque eso “es lo que corresponde, después de todo, la mujer del César no sólo debe serlo, sino parecerlo”.
El colegio, es el lugar en el que aprendemos a relacionarnos con el resto, conocemos nuestra identidad y por supuesto, encontramos el punto medio de lo socialmente aceptable y nuestros deseos personales. Me parece que los colegios se han encargado de mantener los roles, diferenciando las actividades de los hombres y las de las mujeres. El hombre debe ir con pantalón de tela y la mujer con falda. El hombre debe jugar fútbol en el patio durante los recreos, romperse los pantalones y quedar con los zapatos llenos de tierra. La mujer debe mantenerse intacta, pulcra, bien peinada, recatada y siempre “señorita”.
Lo interesante aquí, es que los padres están de acuerdo con esto, no hacen nada para cambiarlo, pues los hijos deben repetir los roles que sus padres desempeñaron; me imagino que las mujeres que no dejan al hombre bailar, son las que ven a sus madres decir que las tareas domésticas son de mujeres o que los juegos de vídeo son de hombre.
Entonces, el colegio no sería la institución que produce los estereotipos, sino que sería la institución que se encargaría de reproducirlos, sancionando a quienes van en contra de estos roles establecidos y asignados con el simple hecho de ser hombre o mujer. Los reproducen en el uniforme, en los talleres y actividades, en las clases, entre otros.
Respecto a la instancia que implicó el blog “Sexismo a Diario”, debo decir que fue sumamente productiva. Fue una instancia de aprendizaje y autoaprendizaje, ya que al redactar y leer estas vivencias fui comprendiendo que siempre estuve inmersa en la desigualdad de género, en la diferenciación de roles y en la violencia que esto significa. No es algo ajeno, no es necesario ser una mujer golpeada, una ahombrada, un poco hombre o un poco caballero para vivirla, para ser parte de ella y para reproducirla. En los relatos que escribí, nunca fui parte de quienes la reproducían, pero quizás alguna vez me referí a alguien como poco señorita o poco hombre.

El blog sirvió para mostrar que la desigualdad de género es más común de lo que uno suele creer, y con ello, crear conciencia respecto a todas las formas de violencia que se generan cotidianamente. Quizás nunca quise ejercer violencia de género contra alguien, pero lo llamé “poco hombre”, le dije “poco señorita”, o vi acoso callejero sin intervenir. Ahora al menos sabré que aquello tiene un nombre: Desigualdad y sexismo.

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