Esta experiencia me ocurrió un “día
hábil” de la semana, en el Metro de Santiago. Era una hora en la que no
concurría demasiada gente, lo que hacía un poco más grato el viaje. Pienso que,
el hecho de poder viajar sentado en el metro –cualquiera sea la hora– agrega un
“privilegio” si se le puede llamar, al servicio. Esto mismo me lleva a cuestionarme un poco el
rol de los asientos preferenciales, que están distinguidos de los otros por su
color, además de una correspondiente señalética (que indica a personas que
tienen esa preferencia).
Por otra parte, con el título de esta
reflexión hago referencia a mi opinión respecto a la gente de la tercera edad;
ya que generalmente se espera que haya una preocupación por parte de la
sociedad en su conjunto hacia los ancianos y las ancianas. Ahora bien, eso
puede referirse a, por ejemplo, un sistema de previsión social, servicios
generales del Estado para la Tercera Edad, una cierta “cultura del cuidado”, y
muchas otras categorías, tanto de preocupaciones como de soluciones, que se
podrían incluir. Aquí me referiré a un trato cotidiano que se puede observar en
un lugar tan “público” como el Metro.
Apenas me subí al Metro en la estación
Los Héroes, vi a un adulto mayor hombre parado en el vagón del tren. Habían
asientos vacíos antes de que yo ingresara, sin embargo, de inmediato fueron
ocupados por gente de distinto sexo y edad (pensé que el viejo no se quería
sentar, o se bajaría pronto). En el transcurso del viaje, se subió un grupo de
ancianas asiáticas (y ocupo este término porque me es imposible reconocer su
país de origen). En los vagones de más
adelante se subió un hombre que se le notaba una delicada condición de salud, pero rápidamente alguien le
cedió un asiento. El otro hombre que yo
había visto en un principio y con el cual venía muy cerca, seguía allí parado,
sin embargo igualmente ,a mi parecer, “débil” o de una muy avanzada edad.
Las ancianas asiáticas se venían de pie
en el viaje, igual que otros y otras que íbamos allí. Lo bonito ocurrió cuando
ellas incitaron a cederle un asiento al hombre con el que veníamos en nuestro
vagón, ciertamente era poco lo que se podía entender de lo que estaban
diciendo, pero hicieron que una mujer de edad adulta aparentemente chilena se
levantara de un asiento para que este señor se pudiese sentar. La mujer del
asiento lo hizo sin reacción alguna mas que la inmediatez.
Quizás esta experiencia no podría estar
catalogada como una sexista, pero creo que puede deberse a mi reflexión sobre
la gente anciana. Quizás, a las mujeres ancianas se les cede más el asiento en
el metro o en la micro; habría que preguntarse también si esto es un problema
en la cultura chilena respecto a los(as) ancianos(as), o más bien se intersecta
la tercera edad y el género, generando una cultura doblemente discriminatoria.
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