Es cierto que podemos presenciar el sexismo a diario y en
distintas formas y escenarios, incluso es algo que se da a través de las
distintas generaciones. Como en este caso, la historia se remonta a mi
adolescencia.
Catorce son los años que yo había cumplido hace poco. Ocurría
que toda mi enseñanza básica había sido cursada en un colegio de mujeres, y cuando
pasé a primero medio, me cambié a un colegio mixto.
Transcurridas las primeras semanas en este nuevo ambiente,
me encontraba fuera de la sala con mi compañero Carlos. Él era repitente y
conocía a todos los compañeros de los cursos mayores que en ese momento estaban
apoyados en las barandas de los pisos más altos, observando lo que ocurría en
el patio. De un momento a otro, pasamos de sólo conversar a reírnos y jugar,
cuando de pronto, en esta “onda de juego”, Carlos me toma en brazos y sin
querer levanta mi falda. Acto seguido: compañeros que observaban la escena
desde arriba comienzan a aplaudir y silbar de forma escandalosa, gritando,
además, “piropos” y frases de agradecimiento hacia Carlos que había hecho
posible presenciar la situación.
Mientras todo esto ocurría, no pude evitar que me
invadiera un sentimiento de pudor y vergüenza al sentirme expuesta y oír la
forma en que mis compañeros mayores se expresaban. Lo único que hice fue de
forma poco sutil decirle a Carlos que me soltara y rápidamente entré devuelta a
la sala, a lo que él me siguió riendo y preguntando para qué me enojaba tanto,
si ahora todos iban a querer pedirme el Facebook y pasarme sus cartas en
persona en lugar de enviármelas con él.
- “Que erís imbécil, ¿acaso querí que te ande dando las
gracias?”- Respondí molesta frente a un comentario que en ese momento percibí
sólo como una falta respeto -dado a la formación que recibí en el colegio de
niñas- y que ahora claramente me muestra su carácter sexista.
Tinta roja.
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