23 de marzo de 2016

El machismo pasa la cuenta

Soy hombre, tengo 20 años, y desde que tengo memoria que me han gustado las papas fritas. Cuando conocí a mi polola, supe que nos íbamos a llevar bien, porque nuestros primeros veinte minutos de conversación versaron sobre las papas fritas, sobre sus distintas formas y sus mejores acompañamientos. Hace un tiempo que con ella decidimos probar todas las papas fritas de los distintos lugares de Santiago, en búsqueda de aquella que fuera la mejor, y tener nuestro propio lugar, algo así como “La Meca” de las papas fritas. Era una empresa que requería de estrujar de nuestros bolsillos, pero que a simple vista -y hasta ahora- parecía valer la pena. Comenzamos por los lugares que conocíamos que estaban cerca de la universidad, pero poco a poco el espectro de búsqueda se fue ampliando: probamos las de San Javier en un viaje que hicimos al sur, las de Calama en una tarde calurosa, y las de Bolivia, en un reto a nuestros futuros estomacales. 
 Poco a poco, o más bien dicho, restaurante a restaurante, nos fuimos dando cuenta de que existía un patrón a la hora de pedir la cuenta: independiente de quién hiciera el gesto al mesero, siempre era a mí a quien me traían la cuenta a la mesa. Tratábamos de ser equitativos en ese sentido, porque de lo contrario, cualquiera de los dos hubiese quedado en la quiebra, en la quiebra de las papas fritas. Después de eso empezamos a fijarnos más detalladamente en la actitud del mesero al traer la cuenta, incluso intentamos poner dificultades a este. Por ejemplo, cuando pedíamos la cuenta, yo me paraba al baño, hasta que la trajeran, o ella ponía su billetera sobre la mesa, intentando dar pistas al mesero sobre quién iba a pagar. Si bien algunos preguntaban quién cancelaría el total, la mayoría seguía poniendo el ticket del lado del hombre, y lo que me parece más importante, nunca alguien puso, de buenas y a primeras, el platillo de su lado. Hasta aquí, todo parecía dentro de lo normal.

 Un día, llegamos a un local y pedimos lo de siempre: una porción de papas chicas, y dos bebidas. Todo bien, hasta el polémico momento de la cuenta. Pide la cuenta ella (sí, otro de nuestros intentos por confundir al mesero), y pese a esto, me la trae a mí. Yo le comento a quien nos atendía que ella era quien iba a pagar. A esto, el mesero dice: “¿Ella va a pagar? ¿En serio? Tenga cuidado mijito, que si sigue así, un día, ella lo va a dejar, y se va a ir con el primer pelafustán que tenga un buen auto, y que la invite a un restaurante de verdad. Así son las mujeres. ¿Desea agregar la propina señorita?”

 Quedamos helados. No sabíamos qué decir. Ella pagó, nos paramos, salimos, y caminamos en silencio hasta el metro. Fue una lástima, porque parecía que las papas estaban bastante ricas. Lamentablemente, ese día, el machismo nos pasó la cuenta.

Engañao pa' Chillán

No hay comentarios:

Publicar un comentario