Mujer independiente, profesional, de
carácter fuerte, no necesita que nadie la cuide (menos un hombre), guerrera y
luchadora, capaz de vérselas por sí sola, nunca sumisa cuando se trata de
exigir derechos, la extravagancia de su generación. Así se describe a sí misma
la Yoyi, una mujer ya casada, con unos cincuenta años encima y con una hija a
la cual, desde siempre, ha intentado pulir y moldear “para que sea mejor que
ella”. Un típico deseo de padres.
En fin, la Yoyi es mi mamá, y se me hace necesario partir con su auto descripción porque en su intento por querer hacerme mejor persona, y por sobre todo, hacer de mí una mujer hecha y derecha, se le ha escapado por ahí una que otra frase célebre y un tanto paradójica.
En fin, la Yoyi es mi mamá, y se me hace necesario partir con su auto descripción porque en su intento por querer hacerme mejor persona, y por sobre todo, hacer de mí una mujer hecha y derecha, se le ha escapado por ahí una que otra frase célebre y un tanto paradójica.
Fue durante mi adolescencia cuando
–estando en el pic de la edad del pavo y con una evidente revolución de
hormonas- di paso a la experimentación en relaciones amorosas e incluir en mis
temas de conversación el pololeo, las rupturas de estos mismos, el sexo, y todo
lo que la situación conlleva. Mientras mis amigas tenían sus pololos y yo uno
que otro “pinche”, la Yoyi se esforzaba por encontrarme al “niño ideal”, el
cual, debía tener determinadas características y actitudes, además de cumplir
ciertos requisitos: “Hija, ¿un pololo ‘cagao’? nunca.”, “Supongo que este
cabrito paga todo, ¿cierto?”, “Pobre de él que no te venga a dejar a la casa,
porque el hombre tiene que cuidar a su mujer”, SU mujer. Hasta aquí yo me
quedaba callada no más, todo con el fin de no peligrar mis permisos para mis
encuentros amorosos con el susodicho de turno. Sin embargo, un día tomando once
con el ruido de la tele de fondo (como es de costumbre), una noticia sobre una
marcha convocada por el colegio de profesores llamó la atención de mis papás.
En eso que la noticia termina y Amaro Gómez se dispone a presentar no me
acuerdo qué cosa, la Yoyi me mira y me dice (o más bien me suplica): “Por
favor, no te cases por nada del mundo con un profesor, vay a tener que pagar
todo a medias, mírame a mi”. Mi papá la miró, me miró, se rio un poco y siguió
tomando té, pero con un aspecto distinto, quizás el de haber fracasado como
esposo proveedor, jefe de hogar, como hombre. Mi papá es profesor, y le pesa no
poder dar el cuidado y la dependencia económica que una mujer como la Yoyi-independiente,
profesional y capaz de vérselas por sí sola- paradójicamente necesita.
-Wilms Montt
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