19 de abril de 2016

Amiga secreta

Se acercaba navidad y ya todos nos preparábamos para cumplir la estricta pauta navideña de todos los años. A las diez se cena. A las once se conversa un poco (todos estamos grandes, así que lamentablemente ya nadie experimenta la adrenalina de salir en la búsqueda del viejito pascuero). A las doce se abren los regalos. A las doce y media se conversa nuevamente –de los regalos-, y listo, a dormir.
El año pasado fue diferente: jugamos al amigo secreto. No fue tan emocionante, nos regalamos cosas igual pero bajo un ambiente “mas o menos” incógnito, reemplazando quizás un poco la adrenalina perdida en el abandono de la búsqueda del viejito.
Eran las doce y con mi familia nos disponíamos a la entrega de regalos. El juego consistía en que cada uno debía tomar el presente comprado para el eventual amigo secreto y nombrar características físicas, gustos, actitudes propias de la persona, frases célebres, o cualquier cosa. La idea, era que el público adivinara de quien se trataba. Hasta aquí todo iba normal y yo -extrañamente- estaba empezando a divertirme un poco. Sin embargo, comencé a notar que cada vez que la persona que esperaba ser adivinada era una mujer, la descripción se dirigía a sus excelentes dotes en la cocina: “hace la mejor cazuela del mundo”, “es la reina de las humitas”, “el pastel de choclo le queda exquisito”, “es una bala en la cocina”. Yo por mi parte estaba bastante de acuerdo. Empíricamente, estoy segura de que mi abuela hace la mejor cazuela del mundo, y hasta el día de hoy no como otras humitas que no sean de ella. Pero no fue hasta el momento en que los regalos se abrieron, que me di cuenta de lo enserio y literal de las descripciones realizadas. Si yo sentía que la comida hecha por mi abuela era exquisita y única, el gusto que los demás sentían por estos platos parecía algo casi sobrenatural, quizás. Al menos así quería entenderlo yo al momento de ver los regalos dirigidos a mi abuela y a mis tías: “¡Un nuevo horno!, moderno y chiquitito para que no le ocupe tanto espacio en la cocina", “¡Una nueva máquina para moler choclo!, para que nos prepare mas humitas pues”, “¡Una fuente mas grande!, así le cae toda la comida de nosotros”. Hasta el momento, mi abuela y mis tías parecían bastante contentas y agradecidas con sus respectivos presentes.
Por otro lado, en el masculino mundo paralelo, los hombres recibían unas muy lindas poleras, uno que otro par de calcetines, un set de calzoncillos, un axe chocolate y una caja de condones para mi primo más chico.
Es interesante imaginarme en que habrá estado pensando cada integrante de mi familia al comprar el regalo. Algunos, claramente en comer más rico. Otros, en buscar un regalo de buena utilidad para un hombre, y evidentemente, para mi primo chico, "por si tiene una chiquilla escondida por ahí... los hombres a esta edad ya tienen necesidades", dice mi abuelo, y la familia completa termina por reírse

- Wilms Montt.

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