En las vacaciones del verano recién pasado, acompañé a mi
mamá a pasar unas semanas en la playa para visitar a Rodolfa, una sobrina que
no veía hace mucho tiempo. Durante el viaje, mi mamá me
contaba algunas cosas sobre Rodolfa, yo la escuchaba sin mucho interés, pero
hacía el intento. Nada me llamó la atención, escuché la descripción de lo que
conocemos como una familia convencional, es decir, mamá, papá y dos hijos.
Cuando llegamos todos fueron muy cariñosos, habían
preparado una cena para recibirnos, así que nos acomodamos y fuimos a comer
para familiarizarnos. Avanzada la noche y la conversación, mi mamá pregunta “y
ustedes ¿cómo se conocieron?” Parece que estaban esperando la pregunta porque a
Cecilio (esposo de Rodolfa) de inmediato se le dibujó una sonrisa, se sentó derecho, tomó vino y
empezó a contar la historia:
“A Rodolfa la conocí carreteando. Yo estaba bailando con
unas chiquillas, porque yo era bien guapo y todas me querían. Y ahí vi a la
Rodolfa que estaba toda cartucha, pero que igual me miraba, como todas, obvio,
si yo soy el medio partido: buena pinta, auto, plata ¡Imagínate!, ¿Cómo no iban
todas a querer estar conmigo? Entonces dejé a las otras minas y fui donde la Rodolfa,
la “engrupí” y listo. Aquí estamos hasta ahora y con dos cabros chicos po’. Si
así se hace. La Rodolfa tiene suerte de tener un gallo como yo que le doy todo
y además soy bien macho pa’ mis asuntos. Ella de lo único que tiene que
preocuparse es de la casa, los niños y de andar arregladita para el hombre que
tiene al lado. Ni siquiera de cocinar, si el que cocina soy yo ¿Quién creís tú
Tinta Roja que preparó la comida? ¡Yo po’! Hasta las ensaladas, si los hombres somos
los que sabemos de cocina. ¿Has visto ese programa Masterchef? Puros hombres
los que la llevan po’. ¿O no? ¡Si así tiene que ser! Las mujeres bien
arregladitas y bajo perfil para que le llegue un hombre como yo al lado y le
solucione la vida. Jajá ¡Salud!”
Yo sólo escuchaba atenta, pero más bien impresionada por la
arrogancia y el nivel de machismo del relato, cada palabra que Cecilio
pronunciaba me parecía peor, pero, sobre todo, me llamaba la atención la actitud
que tenían los demás frente a esta situación. Mi mamá, por una parte, que
parecía hacerle gracia la actitud y la historia, en señal de aprobación. Por
otro lado, Rodolfa, que muy sumisa sonreía de una forma que parecía casi sentirse
orgullosa de lo que Cecilio había contado y legitimando la forma en que su
marido se refería a ella, lo cual, a mi parecer, fue denigrante. Además, en ese
momento se encontraban con nosotros los dos hijos del matrimonio, de seis y
doce años, quienes fueron testigos de la reproducción del machismo en su propia
familia y al que seguramente están acostumbrados desde pequeños, viendo esta
conducta como algo sumamente normal.
Tinta Roja
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