Recuerdo que cuando aún me encontraba en el colegio, –un colegio
mixto y católico–durante la enseñanza media, desde que cursaba segundo año
medio, junto al grupo de compañeros hombres de el curso con los que me juntaba
habitualmente había también entre estos una compañera de curso mujer que era a
veces apodada como “el pollo” de
forma jocosa entre los mismos amigos ya que esta compañera, en palabras que
todos los amigos decíamos en ese tiempo: era
un hombre más, era uno más, era como un hombre o es el pollo poh, esto ya que ella hacía
todo lo que hacíamos con el grupo de compañeros hombres y que, de una forma
exclusiva, no lo hacían las demás compañeras de el curso, por ejemplo, cosas
como el cimarrear con el grupo, ir a
tomar o ir a fumar con el grupo de compañeros y quedar en malas y deplorables
condiciones, o el simple hecho de estar siempre con este grupo de compañeros o
con amigos hombres en el colegio y fuera de este. Es por esto que a modo de
broma dentro del grupo de amigos la llamaban como el pollo y se hacían todo tipo de bromas al respecto, incluso la
misma compañera decía cosas como: “si yo soy como un hombre” o “dale cuéntame,
si soy un hombre más” y frases del mismo estilo, es decir, que esta compañera
se llegaba a identificar a sí misma con esta idea de ser
como un hombre.
Es con base a esta experiencia del colegio, y que en ese tiempo no
me percataba de lo sexista que era, que me hizo pensar sobre lo naturalizado
que está las prácticas normativas de lo que debe o no debe hacer una mujer y de
las prácticas que debe o no debe hacer un hombre.
Outis
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