Desde
que estoy pololeando, ya son casi dos años, nunca había notado lo sexista que
son muchas de las interacciones que tenemos naturalizadas en nuestro pololeo. A
esto me refiero: si bien tenemos entre los dos, un concepto, o mejor dicho, un
modo de referirnos a estas situaciones, como una manifestación de clara
diferenciación de género, las cuales rechazamos, solemos aun
así caer en lo que criticamos sin darnos cuenta que las reproducimos.
Por
otro lado, cada vez que estoy con mi pololo, él o yo como forma de “ser tiernos”,
solemos invitarnos a lo que queramos en ese momento (comer o tomar), siendo él quien hace
más invitaciones que yo, pero siempre el motivo de la invitación es buscar
agradar al otro de esta forma. No obstante, a veces estas invitaciones no
necesariamente se basan en algo relacionado a comida o bebestible, sino además buscamos
el “ser tierno” en actividades que realizamos como pareja, como: ir al cine, salir a
pasear, etc.
Sin
embargo, cuando este hecho pasó al momento de recién conocernos, es decir, la
primera cita, “la gran cita”. En el transcurso de la cita, existieron tres
episodios bien definidos: (1) la ida al cine, (2) tomar helado, (3) despedida con ida a dejar
a la casa. En la primera etapa de la cita, una vez que nos encontramos en el
cine, él se encargó de agradar haciendo uso del recurso de “la invitación”, en
mi mente pensaba: ¿qué hago?, ¿le digo
que yo sola me puedo pagar?, ¿se enojará si le digo eso?, ¿lo tomará con disgusto?.
Finalmente, no dije nada, simplemente acepté que lo hiciera, pensando aun así
que debía actuar. En la segunda etapa, cuando íbamos a tomar helado, luego de
haber ido al cine, él buscaba hacer lo mismo, pero ésta vez sí decidí actuar,
no podía dejar que él pagara todo. Sin embargo, su reacción ante el hecho que
yo decidiera invitarlo, fue de asombro, incluso encontró extraño que quisiera hacerlo. Fue en
ese momento en que le dije: que no tenía nada de malo aceptar que yo lo invitara,
que no dejaría de ser menos atento y tampoco menos hombre o menos masculino.
Finalmente, en la tercera etapa, cuando ya terminaba nuestra cita, él decidió ir
a dejarme a mi casa. Cuando me dijo que me iría a dejar, mi respuesta
fue: que no era necesario, que yo me podía ir sola, que mucha gracias. Pero él
insistió, indicando que si decidía irme
a dejar, era porque se sentía mucho más seguro, porque ya era muy tarde, y una
mujer sola a esa hora es aún más peligroso. De cierta forma,
acepté lo que dijo, sin
cuestionarla, encontrándola incluso hasta tierna su forma de protección y
caballerismo.
Covajo.
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