20 de abril de 2016

Memorias de un abuso de poder

            Mi papá provenía de una familia con una constitución de crianza tradicional de Santiago, era el menor de los cinco hijos que tuvieron mis abuelos, todos hombres, y por ende, se formó una crianza absolutamente para resaltar los cánones masculinos de virilidad según lo que relataba mi papá y mis tíos, dado que todos debían practicar deportes de mayor contacto físico y labores de trabajo, que en su época (y hasta ahora) eran (son) considerados de y para hombres, entre muchas otras labores. Mi madre por otro lado,  provenía de una familia tradicional de campo, la tercera de cinco hermanos, con la diferencia respecto a la familia de mi papá, que de los cinco hijos, había un hombre (algo de diversidad por lo menos). Mi madre solía contar como la criaron, con mi abuelo en la cabecilla y una estricta crianza marcando fuertes roles de género, mas gráficamente, para que se entienda, el único hermano de mi mamá, es también el único en ir a la universidad, mientras mis tías y mamá se restringieron a vivir del campo y venir a buscar “nuevos horizontes a la capital” respectivamente.
            ¿Qué sale resultante de esos dos tipos de crianza?, fácil, una crianza absolutamente machista y con privilegios para mí, por ser el único hombre, en contra posición a mis hermanas. Desde chico me sentía el rey de la casa, literalmente, porque siempre se me inculcó que al no estar mi papá, yo era “el hombre de la casa”, que cuando creciera, yo debía cuidar a mis hermanas y mamá (siendo que mis hermanas me llevan una considerable ventaja de edad), al parecer, contaba con un poder o atribución mayor que mis hermanas en ese entonces, nací hombre.
            Todo lo anterior desembocó en que yo no analizara el contexto machista en el cual me envolvían, nunca lo cuestioné y, al contrario, disfrutaba inconscientemente de los privilegios de ser el único hijo hombre, como por ejemplo, en las tareas de la casa, yo a lo más debía hacer mi cama, mientras que mis hermanas además de eso, lavaban la loza y planchaban. Mi lazo afectivo con mi papá era aun mayor que el que tenía el con mis hermanas, y mi lazo con mi madre en cambio, era el mismo que tenia con mis hermanas. Todo lo anterior favorecía el desarrollo de principalmente mi infancia, creciendo con menos cargas que mis hermanas y nadie decía nada, tampoco nadie pensaba decir nada, así nos criaron, así crecimos, así nos mantuvimos. Por eso también yo aprendí a realizar labores muchísimo más tarde que mis hermanas, y las tuve que aprender a la fuerza, para ser más independiente y salir del paso a medida que crecía, como por ejemplo, cosas tan simples como cocinar.

Ahora, a raíz de estos ejercicios de introspección del ramo, y, al recordar mi infancia más detalladamente, me doy cuenta de todo lo machista que fui, sea inconsciente o no, se es machista igual, aunque no lo haya querido ser bajo los ideales que tengo ahora, pero los hechos se forjaron así y yo seguí la gradiente, aun mas, herencias o secuelas de eso las sigo palpitando hasta en los planos más simples de mi vida cotidiana actual, reconozco como hecho básico, que no se planchar, actividad simple, pero que si la hiciera ahora, quemo la prenda en cuestión.

Jorge.

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