En el verano trabajé de empaque
en une de las tantes Preunic. Hablo de esto porque, me imagino, todes tienen
las mismas lógicas de trabajo y un <tipo> prototipo de trabajadores,
donde más de tres cuartos son mujeres, las cuales cumplen la función de
atención y asesoramiento a clientes (que en su mayoría son “clientas”) sobre
belleza, maquillaje, decoración de hogar, entre otros; y los –pocos- hombres
se ocupan de las labores de bodega.
Las mujeres trabajadoras eran
–en su gran mayoría- muy preocupadas de su presentación (le cual engloba:
vestimenta, maquillaje a tono, peinado, etc), tenían la idea arraigada del
matrimonio (no sólo como fin económico, sino) como idea romántica de estar
acompañadas –versus el mal llamado personaje de la “solterona”- y de formar
familia. Todo esto me chocó un poco, ya que una está acostumbrada a conversar y
compartir con mujeres y hombres más –y con esto no quiero decir <absolutamente>-
conscientes de su posición, rol e historia –desigual- heredada. Bueno, fue
sorpresa para mí conocer y constatar que ciertos tratos/formas aún perpetúan el
sistema de género tradicional, pero más sorpresa fue el darme cuenta que el
estar fuera de aquello también crea una separación y una burbuja.
Pasaron los días y comencé a
establecer relaciones más próximas a mis compañeres, en donde –y con esto
aumentó mi sorpresa- preguntaban el por qué yo no me “pintaba”, arreglaba,
escuchaba otro tipo de música, etc. Fue ahí, que yo me comencé a sentir como
una extraña, que no encajaba y que ya tampoco me interesaba encajar. Fue entre
tanto, que una compañera me dijo: la “Cami” también llegó así, igual que tú,
que no se quiere pintar, arreglar… y mírala ahora… pucha que se saca partido. A
lo que yo respondí: que pena, que pena que pienses así… (y dije algo como)
fíjate, date cuenta que todo lo que hablas y sueñas son puras tonteras que te dijeron,
que te fueron transmitidas por todo el entorno donde te criaste –entorno que,
por cierto, es profundamente desigual-. Para y mírate, cuestiona tu posición
como mujer, no sólo como mujer en el trabajo (me hubiera gustado también
haberle dicho “maternal”), sino que en tus actos cotidianos. Y Bueno,
obviamente no le dije todo tan perfectillo como lo acabo de narrar, y también (i)lógicamente,
ella no me pescó mucho y siguió viviendo su vida sin más.
Ana Lamien.
No hay comentarios:
Publicar un comentario