Toda mi etapa escolar la viví en un colegio de mujeres, desde segundo básico hasta cuarto medio. Allí trabajaban únicamente mujeres. Es por esto, que recuerdo que en las salas de clases, es decir, entre pares, abundaban comentarios que fomentaban una actitud relajada y liberal respecto al comportamiento que debíamos tener. Sin embargo, las profesoras, auxiliares y la directora del establecimiento nos inculcaban una y otra vez que debíamos mantener una conducta ejemplar que demostrara que dentro y fuera del liceo eramos señoritas. De esta manera, recuerdo que dentro del período que cursé tercero y cuarto medio, es decir, 2011 y 2012 respectivamente, fue el apogeo de la revolución estudiantil. Nosotras como estudiantes involucradas en los constantes debates sobre la educación decidimos participar y apoyar las diversas manifestaciones estudiantiles, por tanto, uno de nuestros actos que mostrarán el descontento que sentíamos fue tomarnos el liceo. Recuerdo que dentro de todas las acciones que realizamos en el colegio, la toma del establecimiento fue particularmente enjuiciada por la directiva y los apoderados del liceo. No obstante, la mayoría de los criticas negativas que evocaban los que estaban en contra de esta manifestación no eran del tipo "dedíquense a estudiar" o "están equivocadas en su actuar" sino más bien aludían a comentarios del tipo sexista, es decir, "las señoritas no participan en temas de intereses públicos" o "si no quieren estudiar mejor quédense en la cocina". Atónitas por los argumentos planteados por la oposición, decidimos convocar a una reunión en donde todas las personas que formaban parte del liceo pudieran expresar su opinión. Fue en ese instante en que, conversando con los docentes, nos plantearon que "ser señoritas era permanecer al margen de este tipo de problemática social, ya que, una dama debía acatar lo que le era impuesto, y por al contrario, los varones eran los que debían luchar por tratar de reformar las desigualdades de la sociedad".
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