9 de abril de 2015

En defensa de "el bigote de la otaku"

A mediados del año 2014, se creó una página en la red social Facebook, llamada “Confesiones Metro de Santiago”, tal como lo dice el nombre, se trataba de relatos de personas sobre sus vivencias en el transporte público e  incluso, la gente buscaba a otras personas que habían visto en el metro. Los seguidores de la página, a través de los comentarios mostraban lo chistoso que parecían estas confesiones y las aprobaban con un “me gusta”, llegando a tener cientos de ellos.

A mediados de ese año, fue donde encontré que con las confesiones, el auge de la mala onda hacia los demás llegó a su punto. Un tipo mandó una confesión, relatando, que mientras iba en el vagón del metro, se sentía observado por una niña, él, por curiosidad comenzó a observarla y se dio cuenta de que era otaku (una tribu urbana, fans del animé). La describía como una “niña linda”, que no encontraba algún defecto en ella que le impidiese acercarse, su estilo otaku no le importaba en lo más mínimo, así que decidió acercarse. Aquí es donde comienza el problema, el tipo decía: “estaba dispuesto a hablarle, pero mientras más me acercaba a ella, más se asomaba su enorme bigote, por lo que decidí abortar misión. Lo encontré asqueroso, no hay nada más asqueroso que una mina con bigote”. A lo largo de la confesión lo único que repetía era lo desagradable que era ver a una “mina bigotuda”, no podía creer que hubiese mujeres que no se depilaran y que salieran así a la calle sin nada de vergüenza. Cuento corto, la confesión era sobre “el bigote de la otaku”. Yo personalmente, quedé intrigada con la confesión, así que, como hacía con las confesiones que me llamaban la atención, comencé a revisar los comentarios. Los comentarios eran peores, tanto hombres como mujeres le daban la razón al tipo. Comentaban cosas como “qué asco la mina, tiene el medio bigote y se atreve a andar joteando”, “yo nunca saldría así a la calle, prefiero quedarme encerrada antes que salir sin depilarme”, “¿cómo en el siglo XXI aún existen minas que no se depilen?” o “pobrecita, su mamá no le avisa que se tiene que depilar antes de salir de la casa”.

Mientras más leía los comentarios, más molesta estaba. Sentía que debía dar mi opinión respecto al tema, no podía creer que se enjuiciara tanto a una mujer por el hecho de no depilarse o de “sacarse el bigote”, así que también di comentario y puse algo como: “¿Quién dijo que la mujer debía depilarse? Al hombre nadie le critica el que use barba o bigote, no entiendo por qué a él no se le trata de asqueroso, si igual tiene pelos. La mujer debería decidir si quiere depilarse o no, está en todo su derecho y no debería de ser enjuiciada por eso, ni mucho menos discriminada. No entiendo como algo natural del cuerpo, puede desvalorizar tanto a una persona.” Hecho mi comentario, obtuve casi cuatrocientos “me gusta” de apoyo, comentarios de apoyo tanto de hombres como de mujeres, pero también gané comentarios en contra. Al final por defender a “la otaku” terminé siendo yo insultada, me decían cosas como “peluda detectada”, “apuesto que ésta mina está toda peluda”, “feminazi” y muchos otros insultos mencionando lo peluda que yo era, solo por dar tal opinión. Yo obviamente me sentí molesta, pero ni siquiera me digné a defenderme porque me di cuenta de que perdería el tiempo. Lo que más llamó mi atención es que si bien los hombres me escribían cosas, había mujeres que también lo hacían. Ambos se unían prácticamente para molestarme.

En la sociedad actual, se crítica mucho que la mujer no se depile. Pero esta crítica, no proviene solo de los hombres, sino que también de las mismas mujeres.  Estamos acostumbrados a que la mujer no tenga pelos, donde sí debería tenerlos naturalmente. Por lo que al encontrarnos, como sociedad, con una mujer que decide dar el paso de no depilarse, la enjuiciamos, la discriminamos y la hacemos sentir como bichos raros. El hecho de tratar de asquerosa a una mujer debido a sus pelos y a un hombre no, es un prejuicio que la sociedad debe abandonar. Las personas deben dejar que los demás sean libres en sus decisiones, en especial sobre la naturalidad del cuerpo mismo. 

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