Estaba como todas las semanas con mis compañeros de carrera pasando el rato en el cuarto piso de la facultad, esperando las siguientes clases. Estábamos conversando de distintos temas cuando de pronto unos amigos comenzaron a hablar sobre las mujeres que asisten recurrentemente a gimnasio, en específico sobre su vestimenta deportiva. Comenzaron diciendo qué tipo de ropa deberían ocupar las mujeres para verse bien mientras hacen deporte, en ese momento me hice una primera pregunta ¿Por qué alguien debería “verse bien” en el gimnasio?, posteriormente comenzaron a hablar sobre una mujer en particular que habían visto frecuentemente haciendo deporte con un “manso escote” y con calzas “apretadas” que la hacía ver “rica”. Luego dijeron que pensaban que esta ocupaba ese tipo de escote porque le gustaba provocar a los hombres y que estos la miraran, agregaron además que parecía “puta” por vestirse de tal forma con el fin de provocar. Después de un rato y ya finalizado el tema, apareció en la terraza de la facultad una mujer que utilizaba un tipo de ropa que generalmente se le asocia a los hombres, acto seguido, los mismos dos compañeros comenzaron a realizar comentarios sobre esta persona, diciendo que tenía ropa de “cartucha”, se vestía “fome”, que no estarían con una mujer así, que de vistiéndose de esa forma no la iba a “pescar” ningún hombre, pues no “motivaba” a nadie. Es interesante analizar esta situación ya que influyen diversos factores que terminan creando un imaginario y objetivando cuestiones que no lo son. Por un lado tenemos a la publicidad machista que se nos manifiesta constantemente en la televisión, la calle, celulares, etc. Esta presenta un estereotipo de mujer que se la trata como objeto sexual, se les da una categoría inferior y básica, ya que estas son asociadas en la publicidad –si no es como dueñas de casa- a lo netamente sexual, es por esto que se ha naturalizado en los hombres una percepción errónea en cuanto al género femenino que se reproduce en cuestiones tan mundanas como la forma de vestirse, en donde constantemente encontramos opiniones contradictorias, por un lado si una mujer se viste con calzas ajustadas o con un notorio escote, se le tilda de provocadora, pues no se viste para ella sino para los demás; y por el otro, si hay una mujer que vista de forma más recatada, se le califica como aburrida o mal gusto. Nos vemos inmersos dentro de una sociedad consumista, en la que el cómo se viste toma una importancia, al nivel de que hay una creencia consciente o inconscientemente de que ésta en algún punto define quienes somos, y que no la utilizamos por comodidad o porque simplemente nos gusta, y no para provocar sensaciones o pensamientos en los demás. Por otro lado, la publicidad conlleva a profundizar esta concepción dándole significaciones o valores casi intrínsecos que las vestimentas en verdad no tienen, y que en consecuencia profundizan esta problemática, por sobre todo a las mujeres, ya que las propagandas de cuestiones más superficiales apuntan a ellas más que a los hombres -de hecho, para muchos hombres, la vestimenta no tiene mayor importancia- tal como se ve en comerciales sobre maquillajes, en las formas de cuidarse el pelo y que cortes utilizar, programas de moda, formas de alimentarse bien para mantenerse en forma, entre otras, lo que provoca en definitiva una naturalización de una construcción social que le asigna a la mujer una categoría superficial y de objeto sexual.
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