19 de mayo de 2015

Llamen al encargado

Era el día jueves 14 de mayo en Movistar Arena. La jornada de trabajo era extenuante, se vendía a destajo. Un Movistar arena lleno hasta más no poder de fanáticos que saltaban, gritaban, bailaban a tal punto que en un momento parecía venirse  abajo el recinto junto con todas las almas que lo habitábamos en aquel momento. A medida que transcurría el concierto a la gente más sed le daba, mas bebida se vendía y por ende más arduo era el trabajo que realizábamos. La jornada al menos tenía un matiz especial: mientras trabajábamos, la música de fondo era nada más ni nada menos que los Fabulosos Cadillacs en vivo lo cual hacía bastante más agradable el estar ahí sudando la gota gorda.
 La experiencia de casi dos años trabajando en conciertos de este tipo me hacían sospechar que más de algún problema tendríamos en algún momento. Cuando la fanaticada está fuera de sus cabales, extasiada por la música que entra por sus oídos y hace vibrar todo su cuerpo al punto que distorsiona su percepción de la realidad siempre se producen altercados. Esto suele pasar en los conciertos de Rock, Metal o Punk lo cual no deja de ser, para mí, enormemente llamativo. Y no me equivoque. No pasaba ni la mitad del concierto cuando me llaman por la radio para avisarme que un cliente reclamaba que la bebida que le pasó un vendedor ambulante (bandejero)  estaba desvanecida. Este es un problema que ocurre todo el tiempo y que todos quienes trabajamos ahí podemos controlar así que le pedí a Yasna (jefa de una de las bodegas de donde salen los bandejeros a vender bebidas entre el público) que fuera a hablar con el cliente, pedirle las disculpas correspondientes y cambiarle la bebida. Pasaron unos minutos y mientras me disponía a escuchar el tema “Siguiendo a la Luna” cómodamente (aprovechando un lapsus de poco trabajo) me llama Yasna por radio, un poco alterada diciendo que necesitaba urgente que fuera a donde estaba ella. Llegue y la encontré junto a un hombre de unos 30 años, claramente ebrio, alterado y fuera de sus cabales. Yasna se me acercó y me narró lo ocurrido en esos pocos minutos: que llego con una bebida para cambiársela y con la disposición de pedir disculpas pero el hombre se presentó inmediatamente alterado y con una actitud hostil. A penas vio a la Yasna empezó a despotricar que esto no podía ser, que lo encontraba terrible, que eramos unos estafadores y un montón de cosas más. Yasna, según me relató, trato de calmarlo y decirle que podía cambiarle la bebida o en su defecto devolverle la plata sin embargo, parece que la intención del hombre era pelear pues no aceptó nada de lo que Yasna le ofrecía. La mujer, ya enfadada le dijo al tipo que podía tomar o dejar las opciones que se le estaban ofreciendo a lo que el hombre contestó que quería hablar con el encargado, remarcando que debía ser hombre. Yasna, al parecer acostumbrada a este tipo de discriminación me llamó de inmediato y cuando llegue fue inconfundible su cara de resignación y de frustración. Fui a hablar con el tipo, y con la experiencia de saber cómo tratar estas situaciones logré sin mayores problemas que el tipo aceptara la bebida de cambio y se devolviera a ver el concierto.

La situación tuvo un tinte sexista que pude identificar de inmediato. Yasna y yo llevamos trabajando la misma cantidad de tiempo en la empresa, tenemos casi la misma cantidad de eventos en el cuerpo y sabemos como tratar distintas situaciones con distintos públicos desde barras bravas en los estadios hasta públicos metaleros y rudos en conciertos. A pesar de esto, hay situaciones en que la discriminación de género pone un obstáculo mayor y las mujeres de la empresa quedan casi inhabilitadas para solucionar problemas por que algunos tipos ( como el de esta situación) se niegan a hablar con ellas simplemente por el hecho de ser mujeres. Esta situación en general es minoritaria, sin embargo, las mujeres de la empresa saben que frente a estos casos no pueden hacer mucho por lo que llaman inmediatamente a un hombre para poder dar fin al asunto. La resignación que muestran no es culpa de ellas, sino más bien de lo difícil que es hacer algo frente a la discriminación de género en situaciones tan extremas y específicas.

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