Hasta ahora, todos mis blogs se han basado en experiencias vividas en el colegio, y este no será la excepción. Este se sitúa en algo que ocurrió durante todo tercero y cuarto medio, en los años 2011 y 2012 respectivamente.
En tercero medio, llegó una compañera nueva al curso que pronto se hizo una de mis mejores amigas, a quién le decíamos “Carli”. Al poco tiempo, nos presentó a su pololo a quién llamábamos “Chico”. La verdad es que él siempre me pareció bastante raro pero dentro de todo era simpático y no era tan terrible que lo llevara a las fiestas y juntas. Generalmente, las fiestas se realizaban en la casa de Billy, mi pololo para aquel entonces.
Luego de una larga semana, organizamos una fiesta en la casa de Billy, compramos todo lo que era fundamental para emborracharnos y pasar un buen rato.
Después de un rato, la mayoría ya estaba bastante alcoholizada y fuera de su sano juicio, y en eso alguien le pregunta a Carli “Oye, ¿eres virgen?”. Ella respondió que sí, que aún no se sentía segura y que prefería esperar. Hasta ahí, todo bien.
A la siguiente reunión, llevó a su pololo que se embriagó bastante rápido, considerando que según Carli, “él siempre se moderaba”.
En eso, comienzan las conversaciones influenciadas por el alcohol. Carli va al baño y un amigo le pregunta a “Chico” “Oye, tú y la Carli…¿ya han tenido sexo?”. La respuesta (que nos sorprendió a todos) fue un sí. Al parecer ambos tenían versiones distintas respecto a la misma situación.
Lo interesante aquí, es que esta dinámica se repetía en todas las fiestas y reuniones, cada vez que comenzaba algún juego como “nunca nunca” o “verdad o reto”, aparecían versiones muy distintas. Si bien nos causaba gracia, en algún minuto decidimos que era momento de decirle a Carli, pues las historias que contaba su pololo eran bastante extrañas.
Hubo una situación en particular que nos llevó a esta decisión. En una de las fiestas, me encontraba con Billy conversando cuando se nos aproxima Chico y de la nada comienza a contarnos que había tenido “sexo oral” con Carli, que también habían tenido sexo en su casa y que tenía muchas ganas de “tirársela” en el baño. Cuando mi pololo tuvo la oportunidad, me dijo “Cuéntale a Carli porque lo que este tipo está haciendo es demasiado penca”.
Finalmente, le contamos. Se puso a llorar, se indignó y dijo firmemente que terminaría esa misma tarde con él, cosa que nunca sucedió. Ya en cuarto medio seguía ocurriendo esto, él contaba sus locas anécdotas sexuales y Carli mantenía su versión de los hechos en la que ella era virgen. Alguna vez ella dijo que si no habían terminado, era porque ella entendía su necesidad de contar esas cosas porque era hombre, y los hombres debían quedar bien frente a los amigos.
Pronto, me di cuenta de que la mentira más dicha por los hombres era que ya habían perdido su virginidad y que tenían muchas experiencias sexuales, mientras que las mujeres mantenían su postura de ser vírgenes frente al resto, aunque a las mujeres más cercanas les contaran que habían tenido relaciones sexuales en diversas ocasiones.
Básicamente, mi historia refleja la presión social que recibimos día a día para cumplir con nuestro rol, ya sea como mujer o como hombre. Los hombres deben mantener la imagen del hombre que acumula vivencias sexuales frente a los amigos, pero frente a la polola sólo deben tener pocas, para no quedar como el “carreteado” o “usado”. Mientras que la mujer debe mantener la imagen pública de la niñita virgen y ocultar su sexualidad.
Claramente, esto no es un producto exclusivo de los hombres, pues las mujeres contribuyen constantemente a reproducir estos estereotipos, ya sea rigiéndose a ellas mismas por estos parámetros o juzgando a quienes no encajen con estos.
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