22 de marzo de 2016

Parche curita

Estábamos con Blanca en el persa Biobío, mientras ella había mandado a arreglar su celular nos dábamos vuelta por los galpones donde venden muebles. Blanca tiene unos zapatos rojos que le hacen tira los pies a cada rato (no sé por qué los sigue usando) por lo que se sienta en un sillón para ponerse un “parche curita”. En eso llega un señor de uno de los locales y me mira entre serio y con sospecha: “¿Qué está haciendo ella? Usted se lo tiene que poner, usted la tiene que curar”.
- Pero ella puede sola.
- Pero usted tiene que ser caballero, si es el marido po’.
- Pero ella no necesita que le ayude - ya medio molesto, ella intervino:
- Yo no lo necesito a él, quizá sólo para que me dé cariño.
- Qué lo va a necesitar pa’ eso, él la tiene que tomar, curarle las heridas, mantenerla, hacerle todo a usted.

Blanca ya estaba lista y nos dispusimos a seguir, pero aquel tipo nos siguió dando un discurso “hermoso” y de aquellos.

- Dele la mano pa’ que sepan que es suya, le pueden quitar a la señora. Ese de ahí - un joven que también trabajaba en los locales - quita las pololas, es re campeón.

La peor parte no fue que él creyera que Blanca era inútil por estar emparejada con alguien, sino que no alcanzamos a salir del local cuando, en una situación totalmente diferente, dos otros trabajadores se gritan entre sí:

- !Jimi, ven pa’ acá!
- ¿Qué pasa?
- Ven po’.
- Seguramente una culona, por na’ más me llamarías así.


Desde ese momento seguimos caminado pero yo iba apretando molesto la mano de Blanca, tragándome mis palabras y todo pensamiento que pudiera tener sobre los trabajadores de ese lugar, para no desatar un conflicto que desde ni un ámbito habría podido ganar.




Hammond Druthers.

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