Cuando era pequeña
decidí comenzar a formar parte de un grupo scout que activaba cerca de mi casa
junto a un par de amigas. Poco a poco comencé a integrarme a este grupo de
personas un tanto extrañas para mí, hasta que finalmente decidí quedarme.
Al transcurrir mi
permanencia en el grupo, todo mi entorno social me comenzó a preguntar cuáles
eran las razones para que continuara asistiendo a las actividades que
realizaban los scouts. Yo les daba mis razones, y les contaba las distintas
cosas que aprendía en él, como nudos, amarres, armar una carpa, etc.
Muchas personas, en
especial mis abuelos, me miraban con sorpresa y me preguntaban si realmente
realizaba lo que les contaba, puesto que ese tipo de actividades “son muy difíciles”
para una mujer. Al preguntarles las razones de sus palabras, me planteaban que
algunas actividades requerían mucho esfuerzo físico, al que las mujeres no estábamos
acostumbradas ni preparadas para ello y
que además ese tipo de actividades no eran de interés para nosotras.
Sus respuestas me
sorprendieron muchísimo, y desde entonces comencé a cuestionarme por algún tiempo si debía
continuar mi participación en este grupo ya que podrían estar en lo correcto ellos,
y yo eventualmente errada en la elección de mis gustos.
Finalmente tome la determinación
de continuar mi participación en el grupo scout, y descubrir por mí misma si
todas las críticas que recibía constantemente se basaban en hechos objetivos o
en un estereotipo.
Con el paso del
tiempo, pude darme cuenta que todo aquello que me plantearon en reiteradas oportunidades
mi abuelos no era más una reproducción del discurso tradicional chileno, en
donde la mujer si puede hacerse participe de un nuevo espacio social solo si su participación dentro este nuevo espacio esta normado y responde al rol tradicional de la mujer
Nicole.
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