Un
día lunes de hace algunas semanas atrás, vinieron mis abuelos a visitarme a
Santiago. Usualmente siempre cuando vienen llegan a la hora de tomar once, por
lo cual se volvió una costumbre que cada vez que vinieran yo y mi hermana, los esperáramos
con la mesa puesta y cosas ricas para comer.
Una
vez sentados en la mesa conversamos de cómo nos estaba yendo en la Universidad,
ambas dijimos que bien y contamos respectivamente sobre lo que teníamos que hacer durante la
semana, es decir, pruebas, trabajos, ensayos, prácticas, entre otros. Después
de un rato, yo me queje acerca de que me dolía todo el cuerpo producto de que
ahora hacía deporte en la Universidad, en ese minuto yo sentí que nadie me
prestó atención, debido a que ninguno de los que estábamos sentados dijo algún
comentario. Sin embargo, al otro día cuando llegue de clases mi abuela me tenía
un regalo… muy ansiosa lo abrí, y era ropa deportiva, la mire y me dijo -para
que vayas linda a tus clases de gimnasia-, yo me reí y le dije – gracias
abuela, pero no tengo clases de gimnasia, tengo clases de aerobox. Al parecer
cuando ella escucho la palabra “box” lo asoció con boxeo y dijo rápidamente,
-pero camilita cómo vas a estar haciendo esos deportes de hombres, puedes salir
lastimada o quizás tu cuerpo se empieza
a deformar y quedas como esos hombres que boxean en la tele-. En primera
instancia la respuesta que le di fue que no era un deporte de hombres, ya que
quería aclararle que el boxeo podían también participar mujeres, no obstante
ella siguió reforzando su idea. Cuando entendí que ella no cambiaría su
opinión, le expliqué que en realidad el aerobox no es igual al boxeo, que las
clases las hacíamos con música y que no había que pegarle a nadie, incluso
habían más mujeres que hombres, una vez que escucho eso se quedo tranquila y me
dijo – eso sí es para niñitas-.
Camila.
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