Cuando era pequeño, y mi abuela todavía estaba viva, solíamos ir frecuentemente a su casa, que quedaba en un perdido pueblo del sur de Chile. A mí me gustaba ir, al principio, porque estaba con mis papás todo el día (allá no tenían que trabajar), comíamos cosas ricas, y por sobre todo, porque no había que levantarse temprano, excepto cuando teníamos un plan entretenido -de verdad- y no para ir al colegio. Mis hermanos, que son más grandes que yo también iban, pero ellos salían en la noche. El principal panorama para los adolescentes, según lo que yo más o menos entendía, era bajar a la plaza, donde habían todo tipo de juegos: taca-taca, lotería, tiro al blanco, y el infaltable juego de apuestas del avioncito, entre otros.
Con el paso del tiempo, y de la edad sobre mí, comencé a frecuentar estos grupos. Es decir, iba con mi familia, sí, pero mi objetivo principal era bajar a la plaza, a entretenerme con el Disney de los pobres, como le decía mi papá. Pero alguien tenía que financiar nuestros bolsillos ansiosos de diversión ¿no?. Ahí entraba mi abuela, sagradamente, cada noche antes de emprender rumbo a los juegos. Nos decía que nos iba a dar plata a cada uno, porque no había nada más feo que andar pidiendo plata ajena. Hasta ahí todo bien, yo pensaba que repartiría parte de sus ganancias de la venta de frutillas en cada uno de los siete primos y primas, que esa primera noche que salí, iban conmigo. Repartió quinientos pesos a cada una de las primas, mientras que a los primos, nos dio mil pesos. Quedé un poco desconcertado. ¿Por qué a ellas quinientos pesos menos? No entendía, así que le pregunté.
“Lo que pasa, hijo, es que las mujeres necesitan que las inviten, por eso necesitan menos. Y a ustedes, los machos, les doy mil pesos: quinientos para ustedes y quinientos para que se inviten una chiquilla. Mire que no hay hombre más feo que hombre sin plata.” - me respondió.
Ese día mi abuela no sólo me quiso decir -y mi lógica adolescente quiso entender- que las mujeres eran incapaces de satisfacer sus necesidades, pues necesitaban de un hombre que las invitara. Sino que también me hizo ver esa diferencia de manera cuantificada: la salida del hombre costaba el doble que el de la mujer, el hombre tenía que mantenerse a sí mismo y a su mujer; el hombre valía el doble que la mujer. La mujer valía quinientos, los hombres, mil.
Engañao’ pa Chillán.
No hay comentarios:
Publicar un comentario