Hace unos meses, conversando con un grupo
de compañeras de la universidad en una cafetería del Aulario, disfrutando de un hotcakes con snickers a las 4:30 de la tarde, conversaban de su experiencia en
el curso de estratificación y desigualdad 2 (ramo que yo en ese momento no
había cursado), y mientras lo hacían, trataba de medir mi nivel de machismo, y
que tan de acuerdo estaba con su pensamiento más “feminista” (diría yo en ese momento). Me sentí bastante
cómodo a decir verdad cuando hacían la critica a los roles de género, de hecho
porque en casa parecía funcionar casi al revés y no tenía ningún rollo con eso,
pero en un momento llegaron al tema del acoso
callejero, y pensé si habría actuado de
esa manera o habría sido parte de un grupo con tales conducta, otra vez me
sentí aliviado por creer no ser parte de aquel grupo de hombres que mis
compañeras criticaban, pero por otra parte me di cuenta que esa situación había
sido invisible durante toda mi vida y lo comenté, todas se sorprendieron y me contaron sus
dificultades en la calle, por la ropa que vestían, o situaciones incomodas en
el metro o en la calle. Martina (nombre
ficticio) una de ellas me dio una oportunidad de mirar con sus ojos.
Así salimos a la calle yo y Martina,
partimos desde el Aulario hasta la Alameda , la temperatura andaría por los 28
grados, iba advertido de los diferentes personajes que aparecerían por el
camino, yo iba mirando las miradas de los hombres que venían en sentido
contrario a nosotros. Martina, sin duda
una chica guapa y en esa ocasión vestía un short de mezclilla y un polera
blanca de pabilos, lo que sin duda llamaba la atención de más de alguno. No llevábamos
ni media cuadra cuando entendí la diferencia entre mirar y mirar. Eran
verdaderos barridos desde pies a cabeza con focalización, seguimos caminando, gente se volteaba después que pasaba y escuché
hasta sonidos. Iba a una distancia bastante pertinente que nos presentaba como
amigos claramente, y mientras pasábamos al metro a cargar el pase estudiantil,
pensé en que pasaría si me acercara más y me presentara más como su pololo y le
pregunté si podíamos ir poco más juntos para dar esa impresión, a lo que accedió.
A esa altura ya pensaba en mi hermana, pobrecita que podría ser víctima de lo
que recién había presenciado, ya saliendo del metro, se reinició la experiencia
y aunque yo me hiciera el pololo de mi amiga, las miradas ( y digo miradas a
hombres que bajaban su velocidad para “apreciar” la belleza de mi amiga) no
cesaron, aunque en algunos casos se hicieron más disimuladas, pero lo que más me
llamo la atención es que hubo hombres que miraban a Martina y luego a mí , y
casi poniendo cara de disculpas por “estar mirándome a la mina” (eso me
imaginaba que decían con su caras de arrepentimiento) .
Ese
día descubrí un mundo invisible hasta ese momento, y no es que yo no mire, pero
hay formas y otras formas que pueden
incomodar al otro, y en este caso las mujeres creo que deben sufrir a diario
este problema.
Pepegrillo
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