Estaba en una mesa de la
biblioteca de la universidad frente una joven de unos 24 años, quien estaba
acompañada de otra joven de aspecto similar. Una persona había dejado encima de
esta mesa un estuche y quisieron, ella y la otra joven, ver a quién le
pertenecía. Comenzaron comentando como era el exterior del estuche, y lo
primero que se preguntaron era si la persona dueña del estuche era hombre o
mujer. Ante esa pregunta, la primera joven abrió finalmente el estuche y
señaló: - es de mujer
- ¿Por qué dices eso?- preguntó la otra joven.
- Porque tiene colores y los hombres no usan colores- confirmó segura, la primera.
Con gestos incrédulos la segunda joven mira a la primera, al mismo tiempo que trata de mirar el estuche.
Empezaron a sacar todos los lápices que había en él: un par de lápices pasta y mina, también plumones y lápices "escripto" de distintos colores: azul, rojo, verde, damasco, y un par de colores que no alcancé a diferenciar. Luego, en una hoja de cuaderno recientemente arrancada comenzaron a probar, uno por uno, los lápices de colores, con rayas deformes y cargadas, a veces sobre puestas.
La primera joven seguía argumentando a su acompañante, mientras hacían aquellas rayas, que "ni un hombre de verdad no usaría colores así" como el damasco. A medida que ella describía como es que un hombre de verdad debía tener su cuaderno: desordenado, manchado y hasta roto, también describía como la mujer debía tener su "letra redondita" y el cuaderno en un perfecto orden. La cara de la segunda joven se iba transformando. Pasó de tener una mueca escéptica en su cara a tener una de tranquilidad y aceptación mientras asentía cada vez con más fuerza y seguía probando los colores, con una ligera sonrisa.
Me fui de ahí preguntándome si la persona dueña del estuche lo habría ido a buscar, y si sería una sorpresa para quienes lo encontraron si fuese el propietario y no la propietaria. También, mientras caminaba e imaginaba sus caras de sorpresa, me preguntaba qué tan lejos estaba yo de ser o de tener cuadernos como un hombre de verdad.
- ¿Por qué dices eso?- preguntó la otra joven.
- Porque tiene colores y los hombres no usan colores- confirmó segura, la primera.
Con gestos incrédulos la segunda joven mira a la primera, al mismo tiempo que trata de mirar el estuche.
Empezaron a sacar todos los lápices que había en él: un par de lápices pasta y mina, también plumones y lápices "escripto" de distintos colores: azul, rojo, verde, damasco, y un par de colores que no alcancé a diferenciar. Luego, en una hoja de cuaderno recientemente arrancada comenzaron a probar, uno por uno, los lápices de colores, con rayas deformes y cargadas, a veces sobre puestas.
La primera joven seguía argumentando a su acompañante, mientras hacían aquellas rayas, que "ni un hombre de verdad no usaría colores así" como el damasco. A medida que ella describía como es que un hombre de verdad debía tener su cuaderno: desordenado, manchado y hasta roto, también describía como la mujer debía tener su "letra redondita" y el cuaderno en un perfecto orden. La cara de la segunda joven se iba transformando. Pasó de tener una mueca escéptica en su cara a tener una de tranquilidad y aceptación mientras asentía cada vez con más fuerza y seguía probando los colores, con una ligera sonrisa.
Me fui de ahí preguntándome si la persona dueña del estuche lo habría ido a buscar, y si sería una sorpresa para quienes lo encontraron si fuese el propietario y no la propietaria. También, mientras caminaba e imaginaba sus caras de sorpresa, me preguntaba qué tan lejos estaba yo de ser o de tener cuadernos como un hombre de verdad.
Hammond Druthers.
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