Hace
algún tiempo, y a medida que cumplía años, mi fragilidad económica comenzó a
intensificarse ante la serie de necesidades (estúpidas) que requería la edad.
Comencé trabajando de empaque, de vendedora en tiendillas abusadoras,
repartiendo diario en las mañanas y haciendo uno que otro “pololito” por ahí
terminé de garzona. Empecé a ganar buena plata y de vez en cuando era
entretenido, así que no me salí más del rubro.
Así,
entre garzoneo por aquí y garzoneo por allá, empecé a notar un cierto
tradicionalismo predecible y repetitivo al interior del entorno del servicio,
“uno ya sabe que formalidad ocupar para ganarse la propina de manera fácil”, me
dijo un compañero de trabajo en un evento matrimonial de un hotel que carecía
de humildad; “siempre, pero siempre a las mujeres primero”, agregó. Yo estaba
aprendiendo, así que lo hacía no más, y me daba unas vueltas un poco inútiles
alrededor de una mesa de diez personas para servir primero a las tres mujeres
presentes. De esta manera demostraría mi buena educación y supongo que caería
bien. Más plata para mí.
Con
el tiempo fui cambiando de ambiente, y hace más o menos dos veranos atrás que
trabajo la temporada de vacaciones en un bar ubicado en una ciudad farándula
del sur. Este ambiente nocturno tenía sus pros y sus contras –especialmente
para una garzona (como yo)-: “la mujer siempre vende más y agarra clientela,
aprovéchate de eso” decía el jefe. Otra vez mas plata para mí. Sin embargo, las
circunstancias en las cuales me tenía que aprovechar de “eso” no eran siempre
las más placenteras. No me acuerdo cuantas fueron las veces que me tuve que
aguantar ciertos dichos incómodos por parte de algún cliente con complejos de
galán, porque si demostraba mi molestia ante tan distinguido derroche de
caballerosidad se desataba un conflicto más o menos y mis compañeros terminaban
por salir en mi defensa. ¿Solución?: “mejor quédate atendiendo el salón” me
dijo el jefe. Hice un par de pataletas (en la terraza de un bar siempre la
propina es mejor), pero finalmente me resigné.
Aquí,
el tipo de cliente recurrente era la pareja que salía de luna de miel por tres
horas, y este tradicionalismo predecible y repetitivo del que hablaba al
principio se hacía presente de nuevo, pero esta vez de la mano de los clientes:
“A mi una piscola, y pa’ la dama un traguito de mina porfa, ¿Cuál me
recomienda?”. A pesar de mi indignación, en el fondo sabía cuales eras esos
traguitos de minas, así que terminaba por ofrecer los más dulces y con menos
grados de alcohol. Esta distinción entre un determinado tipo de trago con otro
era tan potente que si un hombre osaba de pedir un “daikiri de frutilla” era
molestado por toda la mesa: “Maricón” y reían. De esto si me aproveché, y
empecé a ofrecer tragos según aparato reproductor. Me iba bien por lo menos. Más
plata para mi.
Wilms Montt
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