21 de mayo de 2016

Cosas de garzoneo.

Hace algún tiempo, y a medida que cumplía años, mi fragilidad económica comenzó a intensificarse ante la serie de necesidades (estúpidas) que requería la edad. Comencé trabajando de empaque, de vendedora en tiendillas abusadoras, repartiendo diario en las mañanas y haciendo uno que otro “pololito” por ahí terminé de garzona. Empecé a ganar buena plata y de vez en cuando era entretenido, así que no me salí más del rubro.
Así, entre garzoneo por aquí y garzoneo por allá, empecé a notar un cierto tradicionalismo predecible y repetitivo al interior del entorno del servicio, “uno ya sabe que formalidad ocupar para ganarse la propina de manera fácil”, me dijo un compañero de trabajo en un evento matrimonial de un hotel que carecía de humildad; “siempre, pero siempre a las mujeres primero”, agregó. Yo estaba aprendiendo, así que lo hacía no más, y me daba unas vueltas un poco inútiles alrededor de una mesa de diez personas para servir primero a las tres mujeres presentes. De esta manera demostraría mi buena educación y supongo que caería bien. Más plata para mí.
Con el tiempo fui cambiando de ambiente, y hace más o menos dos veranos atrás que trabajo la temporada de vacaciones en un bar ubicado en una ciudad farándula del sur. Este ambiente nocturno tenía sus pros y sus contras –especialmente para una garzona (como yo)-: “la mujer siempre vende más y agarra clientela, aprovéchate de eso” decía el jefe. Otra vez mas plata para mí. Sin embargo, las circunstancias en las cuales me tenía que aprovechar de “eso” no eran siempre las más placenteras. No me acuerdo cuantas fueron las veces que me tuve que aguantar ciertos dichos incómodos por parte de algún cliente con complejos de galán, porque si demostraba mi molestia ante tan distinguido derroche de caballerosidad se desataba un conflicto más o menos y mis compañeros terminaban por salir en mi defensa. ¿Solución?: “mejor quédate atendiendo el salón” me dijo el jefe. Hice un par de pataletas (en la terraza de un bar siempre la propina es mejor), pero finalmente me resigné.

Aquí, el tipo de cliente recurrente era la pareja que salía de luna de miel por tres horas, y este tradicionalismo predecible y repetitivo del que hablaba al principio se hacía presente de nuevo, pero esta vez de la mano de los clientes: “A mi una piscola, y pa’ la dama un traguito de mina porfa, ¿Cuál me recomienda?”. A pesar de mi indignación, en el fondo sabía cuales eras esos traguitos de minas, así que terminaba por ofrecer los más dulces y con menos grados de alcohol. Esta distinción entre un determinado tipo de trago con otro era tan potente que si un hombre osaba de pedir un “daikiri de frutilla” era molestado por toda la mesa: “Maricón” y reían. De esto si me aproveché, y empecé a ofrecer tragos según aparato reproductor. Me iba bien por lo menos. Más plata para mi.  

Wilms Montt

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