Un par de semanas atrás salí con
un par de amigos a un bar para conversar y distraernos un rato. Éramos tres
hombres, todos de la misma edad. Comimos un poco y luego vinieron las cervezas,
por lo que a medida que pasaba el tiempo la conversación se iba haciendo más y más
sincera. Entre la conversación y las bromas salió el tema de los piropos, casi
todos irreproducibles a través de este medio y que también podría llegar a ser
un tema interesante a tocar. A pesar de las bromas se estableció el tema del
acoso sexual y como el tema de los piropos ahora era un tema que podía llegar a
ser mucho más delicado en la actualidad. Un amigo, con una visión tajante sobre
el asunto, planteaba que no era culpa del hombre lo de los piropos o las
miradas en la calle, sino que era culpa de la mujer. Piropear no es machista
porque es la mujer la que lo busca. Bajo su punto de vista, al hombre no le
quedaba otra opción más que mirar, decir o hacer algo. Según él, un hombre va a
mirar a una mujer aunque esté con su polola al lado. Si anda en la calle y ve
venir a una mujer con un peto y una minifalda, es obligación mirar, porque habría
que ser prácticamente estúpido para no hacerlo. Y no es una cosa de mirar o no,
porque eso es lo básico, porque una mujer vestida de manera provocativa anda en
busca que la miren y quizás algo más. Lo que es bastante extremo y violento. Es
prácticamente una justificación para actuar de una manera violenta y agresiva por
parte del hombre. Que una mujer ande vestida de alguna manera puede llegar a
justificar que el hombre la ataque. Es una explicación bastante psicopática. De
hecho nos burlamos de él en base a eso, que había sido un argumento que podría
haber salido de la boca de un violador, y lo que es peor, debe ser una idea que
todavía se encuentra arraigada en la conciencia colectiva masculina.
Yesler
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